El Pequeño Tut

By on 4-16-2014 in 2 - Cuentos y Fábulas, Cuentos viejos y nuevos

 

 

 

por Hardie Gramatky

Al pie de un viejo, muy viejo malecón, vive el remolcador más bonito y gracioso que nunca hayas visto. Un remolcador muy bonito, con una chimenea que parece un caramelo.

Lo llaman el pequeño Tut. Y este nombre le viene de algo que no es culpa suya. Por fuerte que sople su sirena, lo único que sale de ella es un ligero y alegre Tut-tut-tut.

Pero lo que no consigue con el sonido, lo logra con el humo. Por la chimenea lanza una gran cantidad de bolas de humo que flotan como globos sobre la estela que va dejando en el agua. Por esto, cuando va a “todo vapor”, el pequeño Tut se siente importante…

hace ondear sus señales como un barco de guerra.

El río donde vive el pequeño Tut está lleno de barcos que vienen de puertos de todo el mundo, con sus tripulaciones que hablan extrañas lenguas y llevan cargamentos aún más raros: pieles de Buenos Aires, copra de los mares del Sur, aceite de ballena del Antártico y tés aromáticos de la lejana Asia. Por esto, siempre hay trabajo para los remolcadores: arrastrar barcos al puerto para descargarlos, o conducirlos hasta la corriente y hacia el canal, al océano, para iniciar un nuevo viaje.

 

La vida de un remolcador es laboriosa e interesante y el pequeño Tut se encontraba en medio de ella. Su padre, el gran Tut, podía hacer más humo y desplazaba más agua que dos remolcadores.

En cuanto al abuelo Tut, es un viejo lobo de mar que respira humo… y cuenta incansablemente sus grandes hazañas por el río.

Podías creer que el pequeño Tut, perteneciendo a una familia tan importante, estaría siempre pensando en el trabajo. Pero no, Tut lo odiaba.

Para él, no tenía sentido arrastrar barcos cincuenta veces mayores hacia el océano. Y, además, le asustaban los mares revueltos de fuera del canal, donde la bahía se abre al océano.

Al pequeño Tut tampoco le gustaba que le empujaran. Prefería las aguas calmosas del río, donde siempre encontraba algo con que divertirse.

Como deslizarse, por ejemplo…

O, lo que era aún más divertido? dibujar “ochos”… con su estela. Al pequeño Tut nada le gustaba tanto como trazar bonitos “ochos”. Primero se echa todo el peso a un lado, después al otro. Y el resultado nunca dejaba de complacerle, aunque sus cabriolas molestaban mucho a los otros remolcadores.

Pero él seguía haciendo “ochos” cada vez mayores, hasta que un día, llevado por su euforia, hizo uno tan grande que ocupó todo el río. Apenas quedaba sitio entre las dos orillas.

tampoco quedó para un gran remolcador, llamado J. G. McGi- llicuddy, que había ido río abajo a recoger un convoy de barcazas de Hoboken. J. G. McGillicuddy sentía poca simpatía por los otros remolcadores, y el frívolo Tut le ponía enfermo.

Aquello, de por sí, ya era bastante malo; pero, desgraciadamente para el pequeño Tut, los otros remolcadores vieron lo que había pasado. Empezaron a reírse de él y a comentar que era un tonto que sólo sabía jugar…

¡Pobre pequeño Tut! Estaba avergonzado y enfadado, pero no podía hacer nada; sólo aquellas bolas de humo…

cuantas más bolas hacía, más se reían de él los barcos. El pequeño Tut no pudo resistirlo. Marchó a su escondite favorito, en el malecón, donde sus molestos amigos no le vieran, se sentó y se encerró en el mutismo.

Al cabo de un rato, el pequeño Tut vio que enfilaba el río un gran trasatlántico.

Tiraban de él cuatro remolcadores con su padre el gran Tut, al frente. La visión de este esfuerzo hizo pensar al pequeño Tut. Pensó más que nunca en su vida, y entonces, de repente, una gran idea se le ocurrió. Nunca más sería un remolcador frívolo. Trabajaría como el mejor de todos ellos. Después de todo, ¿no era hijo del gran Tut, el más poderoso remolcador del río? Bien, haría que su padre se sintiera orgulloso de él. ¡Ya les enseñaría a todos! Lleno de ambición, partió rápidamente río abajo.

Se puso al lado de un gran barco, y después junto a otro, haciendo sonar su sirena para halar un cable de remolque. Pero todos creyeron que era otra broma, y no quisieron saber nada de ello. Oscar, el escandinavo, le arrojó vapor a la cara.

Los demás estaban demasiado ocupados con sus cosas para preocuparse de un molesto remolcadorcillo. ¡Le conocían muy bien!

Pero lo peor fue el gran trasatlántico, que lo empujó y casi lo sacó del agua.

Aquello era demasiado para el pequeño Tut. Nadie le quería en ninguna parte. Muy apesadumbrado, dejó que la corriente le llevara. Estaba tan solo…

Flotando sin rumbo, corriente abajo, se iba poniendo cada vez más triste, hasta que se sintió totalmente desgraciado. Se hundió tanto en su desesperación que ni siquiera se dio cuenta de que el cielo se iba poniendo negro, el viento se había levantado y se iniciaba una gran tempestad.

De pronto escuchó una voz, distinta a todas las que había oído hasta entonces.

Era el océano. El gran océano que el pequeño Tut no había visto nunca. Aquel ruido venía de las olas al chocar contra las rocas.

Pero aquello no fue todo. Contra el negro cielo subió un cohete brillante que despedía una estela de humo.

El pequeño Tut vio varado entre dos rocas enormes a un trasatlántico que su padre había remolcado muchas veces río arriba o río abajo.

Verdaderamente, era una visión terrible.

Tut se puso en tensión. Comenzó a soltar humo por la chimenea, espesas bolas de humo…

Y, mientras lo hacía, se le ocurrió una idea maravillosa. Quizá vieran río arriba, donde estaban su padre y su abuelo, aquellas volutas de humo.

Comenzó a hacer señales.

Río arriba, las vieron…

No tenían ni idea de quién podía hacer las señales, pero sabían que querían decir: “Venid en seguida”. Dejaron pues lo que estaban haciendo y salieron corriendo dispuestos al rescate.

De los muelles, salió una gran flota: grandes barcos, barcos pequeños, gordos, delgados…

…Con el propio gran Tut el primero, como un almirante al frente de su escuadra…

  • muy a tiempo, porque el pequeño Tut, todavía haciendo S.O.S., a duras penas conseguía mantenerse a flote.

    Una ola le hizo hundirse hasta que sintió vértigo; y otra lo le-

 

vantó de tal modo que se alegró cuando una nueva ola ondulante llegó hasta él y lo hizo hundirse otra vez…

Antes de poder escupir el agua salada de su chimenea, otra ola llegó y lo levantó otra vez…

Parecía como si nunca fuera a acabar esa danza.

Todo esto era espantoso para un remolcador que estaba acostumbrado al agua en calma del río. Cuando estaba en lo alto de una ola, el pequeño Tut vio que la flota no podía abrirse paso entre aquel mar tan fiero, y esto le atemorizó. El mismo abuelo Tut juraba que nunca había visto una tempestad como aquélla.

El pequeño Tut estaba pálido de miedo…

Había que hacer algo. Pero todo lo que había aprendido para estos casos era hacer bolas de humo.

En el lugar donde se encontraba, el canal era como un estrecho cuello de botella, y todo el océano parecía que trataba de meterse en él de una sola vez.

Por esto, la flota no podía avanzar. La fuerza del mar los empujaba hacia atrás…

Estaban ya a punto de abandonar totalmente cuando, por encima de la tempestad, oyeron un tut conocido que sonaba alegremente.

Era el pequeño Tut. Pero, no malgastando sus fuerzas en lanzar bolas de humo, sino saltando de cresta en cresta de las olas como una pelota de goma. El balanceo le dolía muchísimo, pero el pequeño Tut seguía avanzando. Y cuando el gran Tut miró con sus prismáticos, vio a la tripulación del gran barco que lanzaba un cable al pequeño Tut.

Era algo hermoso de ver. Cuando el cable se puso tirante, el pequeño remolcador esperó un momento…

entonces, al pasar por debajo del barco una ola enorme que lo levantó sobre las rocas, Tut tiró con todas sus fuerzas. ¡Y el barco quedó libre!
La gente de a bordo comenzó a tranquilizarse…
Toda la flota de remolcadores insistió en que fuera el pequeño Tut quien remolcara al gran barco hasta el muelle.
¡El pequeño Tut era un héroe!

el abuelo Tut esparció la noticia por todo el río. Bueno, después de esto, su nieto cambió totalmente. Incluso cambió el sonido de su sirena…

se dice que puede hacerla sonar tan fuerte como su padre…, es decir, cuando el gran Tut no tiene que arrastrar un gran peso.

 

 

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