La casa de Halvar

By on 4-24-2014 in 2 - Cuentos y Fábulas, Cuentos de varios países

adaptación de un cuento popular sueco


En las altas colinas de Suecia existe una gran casa vacía, construida con piedras de muy extrañas formas. La gente del vecindario la llama “la casa de juego de los niños”, porque ha sido el lugar de juego favorito de los niños durante muchos años, más de los que puede recordar ninguna persona viviente. ¿ Cómo llegó allí la casa ?

Unos dicen que, hace muchos años, perteneció a un gigante llamado Halvar, un gigante muy poco corriente: el único gigante pobre que ha existido. Halvar era pobre porque siempre estaba regalando cosas. Esto le hacía feliz, y todos aquellos que le conocían, le apreciaban.

En los días de sol, Halvar se sentaba sobre una enorme roca a la puerta de su casa y hablaba con la gente que pasaba por delante, camino de la ciudad que había en el valle.

Cierto día, Halvar vio que un desconocido se acercaba llevando consigo una vaca. ¡Qué vaca! La pobre sólo era piel y huesos, y su propietario no parecía estar mucho mejor. Halvar no recordaba haber visto una pareja de peor aspecto.

El extranjero sonrió a Halvar.

—Buenos días, señor —dijo tristemente, ¿ podrías decirme si voy bien para ir a la ciudad del valle?

—Sí, éste es el camino —replicó Halvar—. ¿Vas al mercado a vender tu vaca?

—Sí —contestó aquél—. Mi mujer y yo compramos una pequeña granja. La vaca estaba incluida. Ya puedes ver qué saco de huesos viejos es la pobre. Quizá la pueda cambiar por harina.

“Las cosas nos han ido muy mal; mi mujer y yo hace meses que no comemos nada bueno. Nuestras gallinas no ponen huevos. La mala hierba crece en los campos tan deprisa que no puedo cortarla, y ahoga el trigo; por esto, apenas tenemos harina para hacer una rebanada de pan.

“Pero mejor será que vaya al mercado. Ahora estará lleno. Quizá

tenga suerte y pueda cambiar esta bestia que no me sirve para nada.”

El campesino saludó, llevando la mano a su sombrero de paja, y comenzó a andar.

—Espera un momento-dijo Halvar—. ¿Te gustaría cambiar tu vaca por siete cabras gordas ?

El campesino no podía dar crédito a sus oídos.

—No pareces más rico que yo —comentó—. ¿Por qué vas a darme siete cabras por una vaca huesuda?

_Me agradas —siguió Halvar—, y quiero ayudarte. Deja la vaca en tu corral y mañana por la mañana encontrarás siete gordas cabras en su lugar.

El campesino empezó a sospechar. Nunca había visto una generosidad parecida. Pero la vaca le causaba más molestias de lo que podía valer, por lo que decidió probar suerte.

Así, el campesino fue a casa y puso la vaca en el corral. Estuvo despierto casi toda la noche y dando vueltas en la cama.

—¡Qué tonto fui al escuchar al gigante! —se lamentaba— Cuando llegue la mañana, la vaca se habrá ido, el corral estará vacío y yo seré más pobre que nunca.

Al alba, se levantó, se vistió rápidamente y corrió al establo. Abrió la puerta. Sí, la vaca ya no estaba. Pero en su lugar había siete cabras gordas, las mejores que el granjero jamás pudo ver.

Desde aquel día, la suerte del granjero empezó a cambiar. Las cabras daban mucha leche, suficiente para beber, y la sobrante la convertía en queso. El campesino vendía los quesos en el mercado y el dinero lo empleaba en comprar pollos y gallinas. Las gallinas ponían huevos para el granjero y su mujer, y los que sobraran los vendían en el mercado; y con el dinero se compraron hermosos vestidos. Y lo mejor de todo era que las cabras se comían las malas hierbas de los campos, y así el trigo crecía alto y fuerte. Había trigo suficiente para obtener la harina que el campesino y su mujer necesitaban para amasar todos los panes que deseaban. El campesino vendía el pan en el mercado y compraba muebles nuevos. Con el tiempo, el campesino y su mujer fueron tan ricos que se olvidaron de que habían sido pobres. Y se olvidaron también del pobre Halvar, el gigante.

Un día, el campesino iba a la ciudad para reunirse con el alcalde. El granjero era entonces un hombre muy importante.

Casualmente pasó por delante de la puerta de Halvar. Esta vez, el campesino iba montado en un precioso caballo pardo.

—¡Amigo mío! —gritó Halvar—. ¿No te acuerdas de mí? Párate y quédate a comer. Me gustaría hablar contigo.

El campesino estaba impaciente por continuar su camino.

—¡Claro que me acuerdo de ti, pero no puedo perder tiempo ahora! —dijo con enfado—. Tengo cosas más importantes que hacer que charlar con aquellos que no tienen otro trabajo que sentarse a tomar el sol todo el día. Te daré un consejo. Si tienes demasiado para comer, guarda las sobras para el día siguiente. Entonces, serás tan rico e importante como yo. Y ahora, ¡adiós!

Halvar vio cómo el campesino y su caballo partían al galope y se perdían de vista. El sol brillaba, pero Halvar se sentía tan triste que entró en casa y cerró la puerta.

De pronto, Halvar sonrió: “No por qué tengo que ponerme triste sólo porque algunos no saben cómo aceptar la buena suerte -pensó—. Soy feliz ayudando a las personas y seguiré regalando cosas hasta que no me quede nada que dar.” Salió, se sentó al sol y habló con la gente y se sintió más feliz que nunca.

Quizá por esto, la casa donde vivía, allá arriba, en las colinas de Suecia, estaba siempre llena de buen humor y felicidad. Y quizá por esto, en el transcurso de los años, los chicos creen que la casa de Halvar es un buen sitio para jugar.

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