La rana sabia

By on 4-24-2014 in 2 - Cuentos y Fábulas, Cuentos de varios países

adaptación de un cuento popular africano

En un pueblo de África vivía una vez un joven, llamado Nzúa, que deseaba casarse con la hermosa hija del señor Sol y la señora Luna. Nzúa escribió una carta al señor Sol, pidiéndole permiso para casarse con su hija. Pero, ¿cómo podía enviársela?

Nzúa fue al bosque, en el que encontró a un ciervo.

—Bambi —dijo—, ¿quieres llevar mi carta al señor Sol?

—Me gustaría ayudarte, pero, por mucho que salte, no puedo llegar tan alto —le respondió el ciervo.

Nzúa esperó hasta que vio un halcón.

—Kikuambi -dijo1-, ¿quieres llevar mi carta al señor Sol?

—No seas tonto —replicó el halcón—. Nadie puede volar tan alto.

Después, Nzúa vio al pájaro Holokoko.

—Holokoko —le pidió—, ¿quieres llevar mi carta al señor Sol?

—Puedo volar más alto que los demás pájaros, pero, aun así, no puedo llegar a la casa del señor Sol —le dijo Holokoko.

Nzúa se fue a su casa y se sentó a pensar cómo podría hacer para enviar su carta al señor Sol. De pronto, algo frío tocó su dedo gordo del pie. Miró hacia abajo. Allí estaba una rana.

—Joven señor —le dijo la rana—, dame la carta. Yo la llevaré.

Nzúa frunció el ceño:

—Vete, rana. Se lo he pedido a Bambi, a Kikuambi y a Holokoko. El ciervo no podía saltar tanto, y los pájaros no podían volar tampoco tan alto. Ninguno podía llegar al cielo. Entonces, ¿cómo vas a poder tú, pequeño animal que salta, hacer lo que ellos no pueden?

—Dame la carta —dijo la rana— y verás.

—Muy bien —siguió Nzúa—. Pero si no lo haces, te pegaré.

La rana sabía que el señor Sol y su familia bebían agua de un pozo del poblado. Cada mañana, la rana veía a una muchacha, criada

del señor Sol, bajar por una escalera de tela de araña en dirección al pozo llevando un jarro vacío al hombro. Hacía bajar el jarro al pozo. Cuando el jarro estaba lleno, lo sacaba tirando de la cuerda y lo llevaba a la casa del señor Sol. La rana, con la carta entre sus dientes, saltó al pozo. En cuanto la criada bajó el jarro, la rana saltó dentro de él y de este modo llegó a la casa del señor Sol. La criada dejó el jarro sobre una mesa en la habitación donde se guardaba el agua. La rana oyó que se cerraba la puerta. Saltó del jarro y dejó la carta en la mesa. Después, se escondió en un rincón y esperó.

Cuando el señor Sol llegó a la habitación y vio la carta la leyó.

—¿Trajiste tú esta carta de Nzúa? —le preguntó a la criada.

—Señor —dijo la criada— yo no fui. No sé quién es Nzúa.

El señor Sol estaba sorprendido. Se guardó la carta y salió.

A la mañana siguiente, la rana saltó dentro del jarro vacío y así la llevaron otra vez al pozo, junto al cual la estaba esperando Nzúa.

—Bueno —dijo éste-, ¿trajiste alguna respuesta?

—Joven señor —replicó la rana—; el señor Sol leyó la carta, pero no dio ninguna respuesta.

—No creo que fueras a casa del señor Sol —gritó Nzúa, mientras levantaba la mano para pegar a la rana.

—¡No me pegues! —rogó ésta—; dame otra oportunidad: escribe otra carta y cuando el señor Sol la lea, la contestará.

Nzúa miró a la rana:

—No sé si puedo fiarme de ti —dijo enfadado. Pensó unos momentos mientras la rana saltaba nerviosamente y, por último, concedió—: Te daré otra oportunidad.

—¡Gracias, señor! —dijo la rana.

Igual que antes, ésta fue a la casa del señor Sol, dejó la segunda carta encima de la mesa y se escondió en un rincón.

El señor Sol se quedó muy sorprendido al ver la segunda carta. Frunció las cejas y se rascó la oreja. Miró por la habitación, debajo de la mesa y por la ventana. La rana aguantó el aliento y se ocultó. Finalmente, el señor Sol dijo:

—No veo a nadie. ¿’Quién traería la carta? —llamó otra vez a la criada—. ¿’Has traído tú esta otra carta?

  • otra vez la sirvienta respondió:

    —Señor, yo no traje la carta. De verdad, no conozco a ese Nzúa.

    El señor Sol meneó la cabeza y pensó: “Este hombre Nzúa debe tener poderes mágicos. ¿Cómo, si no, llegan las cartas aquí? Debe ser también un hombre importante. De otra manera, ¿ cómo tendría tales poderes?” Y sentándose a la mesa, dijo:

    —Tráeme un papel y una pluma. Contestaré la carta.

    El señor Sol escribió:

    “Al que envía cartas pidiendo casarse con mi hija: Estoy conforme. Pero antes debes enviarme un saco de oro puro, para probarme así que puedes cuidar de mi hija.”

    Cuando la rana llevó la carta a Nzúa, éste dijo:

    —¡Oh, rana! ¿Qué voy a hacer ahora?

    —No te preocupes —repuso la rana—. Yo te ayudaré. Ve a tu casa y trae una pala. Después, te llevaré a un lugar de la selva en el que encontrarás oro con el que podrás llenar el saco. Trae también comida. Necesitarás fuerzas; hay que andar mucho y trabajar duro.

    Nzúa hizo lo que la rana le había dicho. Caminaron tres días y tres noches hasta llegar a un sitio de la selva. Durante otros tres días y tres noches, Nzúa estuvo cavando, cavando y cavando. Finalmente, la pala chocó con algo duro: un gran jarro de barro.

—¿Qué es esto? —dijo, cansado y decepcionado, Nzúa.

—Destápalo y lo verás —contestó la rana.

Nzúa lo destapó y vio suficiente oro para llenar el saco.

Entonces, la rana llevó el saco de oro a casa del señor Sol, lo puso sobre la mesa y se escondió en un rincón.

Los ojos del señor Sol brillaron cuando vio el oro. Se sentó y escribió en seguida otra carta:

“Nzúa, por tus poderes mágicos y el regalo del oro, has probado que quieres a mi hija y que serás capaz de cuidarla. Puedes casarte con ella en mi casa del cielo.”

Depositó la carta sobre la mesa y salió de la habitación.

—Rana —dijo Nzúa después de leer la carta—, has hecho lo que nadie más podía hacer y te doy las gracias. Pero ¿cómo puedo ir a la casa del cielo? Soy demasiado grande para esconderme en el jarro de agua, y demasiado pesado para trepar por la escalera.

—No te preocupes —dijo la rana— Buscaré un modo para que te cases con la princesa.

A la mañana siguiente, la rana tomó la caja mágica de kalubun- gu y se fue a casa del señor Sol, como siempre. Saltó fuera del jarro, se escondió bajo la cama de la princesa y permaneció allí hasta que ésta se durmió profundamente. Después, cogió la voz de ella y la puso en la caja. Alguien llegaba, por lo que la rana tuvo que esconderse otra vez debajo de la cama. Oyó al señor Sol que decía:

—Señora Luna, ¿qué le pasa a la Princesa? Abre la boca, pero no sale ningún sonido de ella. ¿Qué haremos?

La rana regresó a la tierra a la mañana siguiente. Dio a Nzúa la caja mágica que contenía la voz de la princesa y le dijo:

—Joven señor, escribe otra carta al señor Sol. Dile que tienes el poder mágico de devolver la voz a su hija si te la envía.

Cuando el señor Sol leyó la carta, dijo:

—Ponte tu vestido de novia, hija mía, y vete a buscar a Nzúa. Tiene el poder de devolverte la voz. Será un buen esposo.

  • así fue como la rana ayudó a Nzúa.
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