Los pigmeos

By on 4-24-2014 in 2 - Cuentos y Fábulas, Mitos y leyendas


adaptado por Nathaniel Hawthorne

Hace muchos, muchos años, cuando el mundo estaba lleno de maravillas, vivía en él un millón o más de personas muy pequeñas, llamadas pigmeos, cuya medida no era mayor que quince o veinte centímetros.

Toda una familia cabría en un zapato. Tenían pequeñas ciudades, con calles de menos de un metro de ancho, pavimentadas con diminutas piedras, y con casas que no eran mayores que jaulas de pájaros. Los pigmeos plantaban trigo y otras clases de granos que, cuando crecían y maduraban, se levantaban por encima de sus cabe-


 

zas, igual que los grandes árboles hacen con nosotros. Si un tallo de trigo caía sobre un infortunado pigmeo, podía ocurrir lo peor. Cuando no le aplastaba y hacía pedazos, por lo menos, le causaba un gran dolor de cabeza.

Estos pigmeos tenían por vecino a un gigante, llamado Anteo, que era grande, muy grande. Llevaba como bastón un tronco de pino cuyo diámetro medía unos dos metros.

A los pigmeos les gustaba hablar con Anteo muchas veces al día; alguno de ellos volvía la cabeza y, haciendo bocina con las manos, gritaba:

—¡Hola, hermano Anteo! ¿Cómo estás, amigo?

  • cuando la vocecita del pigmeo llegaba a sus oídos, el gigante contestaba:

    —¡Muy bien, hermano pigmeo, gracias! —con una voz de trueno que hubiera derribado las murallas del templo más fuerte si no hubiera venido de tan alto.

Siempre estaba dispuesto a hacerles favores. Por ejemplo, cuando querían que giraran las aspas de sus molinos, el gigante no tenía más que soplar. Anteo quería a los pigmeos y los pigmeos querían a Anteo. Una vez se sentó sobre cinco mil pigmeos, pero fue sólo un accidente desgraciado del que no se pudo culpar a nadie, por lo que los pigmeos no se lo tomaron en cuenta; pero sí pidieron al gigante que tuviera cuidado al sentarse.

Un día, Anteo estaba recostado entre sus amiguitos. Su cabeza descansaba en un extremo del reino de éstos y los pies llegaban al otro extremo.

Los pigmeos subían encima de él, se asomaban a su boca cavernosa y jugaban con su pelo. A veces, el gigante se dormía y roncaba como una tempestad. Durante uno de estos ratos de siesta, un pigmeo vislumbró algo a mucha distancia y miró con mayor atención. Primero creyó que era una montaña, y se preguntó cómo podía haber crecido tan deprisa. Pero en seguida se dio cuenta de que la montaña se movía. Al acercarse aquella mole, comprobó que se trataba de una forma humana, no tan grande como Anteo, es verdad, aunque sí de enormes proporciones.

El pigmeo salió corriendo a toda prisa hacia la oreja del gigante y, cerca de su cavidad, gritó muy fuerte:

—¡Eh, hermano Anteo! ¡Levántate en seguida y coge tu bastón! Ahí viene otro gigante dispuesto a luchar contigo.

—¡Oh! —gruñó Anteo, medio dormido-. Nada de tonterías, amiguito. ¿No ves que estoy durmiendo? No hay en la tierra gigante que me asuste.

El extraño caminaba directamente hacia Anteo. Llevaba un casco de oro, unos discos pulidos en el pecho, una espada al costado, una piel de león a la espalda y, sobre el hombro izquierdo, una maza.

Toda la nación de pigmeos había visto ya la nueva maravilla, y un millón de ellos lanzaron a la vez un grito:

—¡Levántate, Anteo! ¡Arriba, huesos perezosos! La maza del gigante es mayor que la tuya, sus espaldas son más anchas y tememos que sea más fuerte que tú.

Anteo no podía soportar que alguien dijera que otro tenía ni si-

quiera la mitad de las fuerzas que se atribuía a sí mismo. Se levantó, vio al extranjero y dando un salto gritó:

—¿Quién eres tú? ¿Qué haces en mi tierra?

El extranjero no dio muestras de preocuparse.

—¿”Cómo te llamas? —rugió otra vez Anteo-. ¡Habla o te rompo la cabeza con mi bastón!

—Eres muy mal educado, gigante —contestó el extraño, muy tranquilo—, y antes de irme tendré que enseñarte buenos modales. Mi nombre es Hércules. Voy de paso por aquí porque este camino me conviene para mi viaje.

 

 


paró con su maza y, como tenía más habilidad que Anteo, le golpe con tal fuerza la cabeza que su adversario cayó al suelo. Los pobre pigmeos, que nunca habían soñado que alguien tuviera ni la mita de la fuerza de su hermano Anteo, se quedaron muy apenados. Si embargo, apenas había caído al suelo, el gigante se levantó en segui da. Intentó dar otro golpe a Hércules, pero falló y el bastón se qued clavado en la tierra.

Hércules apartó su maza:

—¡Ven acá! -gritó-. Veremos quién es el mejor en una luchí

—¡Ah, pronto voy a arreglarte! —gritó al gigante; porque si habí algo de que se ufanaba era de su habilidad en la lucha. Ambos gi gantes rugieron. Primero cayó Hércules al suelo, después fue Antee El impacto de sus cuerpos y la vibráción del aire destruyeron com pletamente la ciudad de los pigmeos.

Hércules era más ingenioso que el otro gigante y había pensad^ ya en un modo de ganar. Cuando el gigante atacó, Hércules le cogi por la cintura con las dos manos, lo levantó del suelo y, dando un sacudida a su cuerpo, lo lanzó por los aires a un kilómeto de distan cia. Allá fue a caer pesadamente Anteo, y quedó tan inmóvil comí una montaña de arena.


 

—¡Hércules ha matado a nuestro enorme hermano gigante! —gritaron los pigmeos.

Hércules no les hizo caso; pensó que tal vez las voces eran chillidos de pájaros que habrían salido, asustados, de sus nidos. Como Hércules había caminado mucho y se sentía cansado después del combate, se dejó caer al suelo y se puso a dormir.

La nación de los pigmeos decidió destruir a Hércules antes de que éste despertara.

Todos los guerreros empuñaron sus armas y se acercaron valientemente a Hércules, que seguía dormido. Un cuerpo de ejército compuesto de veinte mil arqueros se alineó para atacar de frente, con sus arcos preparados y las flechas dispuestas.

Los capitanes ordenaron a otros soldados que recogieran palos, pajas, cañas secas y todo lo que pudiera arder y lo amontonaran junto a la cabeza de Hercules. Los arqueros recibieron la orden de atacar apenas el enemigo se moviera. Cuando todo estaba ya dispuesto, aplicaron una antorcha al combustible amontonado, que inmediatamente empezó a arder.

Pero Hércules, cuando comenzó a oler la chamusquina, se levantó con su pelo encendido ya.

 

—¿Qué significa todo esto? —gritó medio dormido todavía.

En aquel mismo instante, los veinte mil arqueros dispararon sus flechas, que llegaron silbando a la cara de Hércules como mosquitos de muchas alas.

—¡Villano! —gritaron todos los pigmeos a la vez— Has matado al gigante Anteo, nuestro gran hermano. Te declaramos la guerra a muerte, y te mataremos aquí mismo.

Sorprendido por el ruido de tantos miles de pequeñas voces, Hércules, después de apagar el fuego del pelo, miró a su alrededor, pero no pudo ver nada. Sin embargo, mirando fijamente al suelo, logró por fin divisar la multitud de pigmeos a sus pies. Se inclinó, cogió al que estaba más cerca de su dedo y lo colocó en la palma de la mano. Le levantó a conveniente distancia para verlo mejor.

—¿Quién demonios eres tú, amiguito? —preguntó Hércules.

—Soy tu enemigo —respondió el valiente pigmeo, gritando todo lo que podía— Te desafío a un combate, en igualdad de condiciones.

Tanto chocaron a Hércules la voz amenazadora y los gestos belicosos del pigmeo que soltó una carcajada, la cual casi hizo caer a la pequeña criatura de la palma de la mano.

Quedó impresionado por el valor del hombrecillo, ya que no podía dejar de reconocer la hermandad que un héroe siente por otro.

—Pequeño pueblo —dijo-, por nada del mundo quisiera causar daño a gente tan valerosa como vosotros. Vuestros corazones me parecen tan grandes que, por mi honor, me maravilla que puedan caber dentro de cuerpos tan pequeños. Os dejaré en paz. Daré cinco pasos y al sexto ya estaré fuera de vuestro reino. Adiós. Andaré con cuidado para no pisar sin querer a ninguno de vosotros.

Allí los dejó, en su propio territorio, donde sus descendientes viven todavía hoy, construyendo sus casitas, acariciando a sus niños y leyendo relatos de otras épocas. Quizás alguna vez lean algo de sus antepasados que vivieron cientos de años atrás. Y recuerden cómo se enfrentaron con tanto valor a Hércules, que le asustaron y echaron de su país por haber matado a su amigo, el gigante Anteo.

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