Crucita y su alcancía

By on 4-30-2014 in 3 - Niños de Todo el Mundo, América

por Aurora R.G. de Braniff Ilustraciones de Leticia Tarrago

Escondido entre la sierra, como queriendo por timidez ocultar su natural belleza, se encuentra San Luisito, barrio de la antigua ciudad de Guanajuato, donde desde hace años se ha venido practicando el arte de la alfarería.

Fue en este barrio donde nació Crucita, la más pequeña de la numerosa familia de Martiniano Torres, alfarero de oficio, hombre rudo de aparente mal carácter debido tal vez a su reciente viudez.

Por entonces Crucita tenía como seis años. No se podía decir que era bonita, pero sí una criatura muy graciosa, figurita netamente mexicana como sacada de un fresco de Rivera, de tez morena clara, pelo negro azabache, inmensos y risueños ojos negros ribeteados de magníficas pestañas. Su carácter era dulce y, como toda artista, Crucita era soñadora.

Vivía feliz en aquel rinconcito del mundo donde había nacido, y al recorrer sus retorcidas callejuelas se extasiaba mirando aquellos talleres familiares donde padre e hijos trabajaban el barro con sus manos.

¡Cómo admiraba la maestría de aquellas gentes! —Qué imaginación —pensaba para sí Crucita.

Toño, su hermanito, dos años mayor que ella, era el reverso de Crucita; alegre, juguetón y de tal modo travieso que en el barrio le dieron el mote de “El Chamuco”.

Pasados los nueve días de luto por la muerte de su esposa, habiendo ya rezado el novenario de rosarios, Marti-niano reunió a sus ocho hijos para organizar nuevamente su vida pidiéndoles a cada uno su cooperación. Rosa, la mayor, se ofrece a ser ama de casa y cuidar a Toño y a Crucita, diciendo: —¡Tengo tantas ganas de ser su mamá!

Cada uno asume una responsabilidad. Menos Toño, que sólo piensa en jugar.

Una vez que está solo, el padre da rienda suelta a su tristeza. La escena lo ha dejado conmovido. Se siente solo en medio de sus hijos; está cansado y más que nunca tendrá que trabajar. Tiene que ser duro con sus hijos cuando quisiera derramar ternura; está feliz de tener una familia tan unida, y al mismo tiempo llora.

De pronto se sorprende al oír la voz de Crucita, que nadie había tomado en cuenta, y que ahora le pregunta:

—¿Por qué está triste, papacito?

—No estoy triste, mi hijita; lloro de alegría.

Pensativa y moviendo la cabeza, la niña contesta:

—La gente grande dice muchos disparates. ¿ Cómo puede uno llorar si está contento? Y cambiando de tema le pregunta:

—¿Por qué no me deja trabajar? Yo quiero ser artista como mis hermanos y usted, quiero aprender a hacer figuras muy bonitas de barro.

Su padre cariñosamente le dice:.

—Eres muy pequeña; primero tendrás que ir a la escuela; por ahora, a jugar.

Esa noche, acurrucada junto a Rosa, Crucita sueña despierta con sus grandes proyectos de llegar a ser famosa como artista de la alfarería.

La niña se duerme al fin recordando que mañana tendrá que madrugar, pues Toño quiere darle una sorpresa.

Sin hacer el menor ruido, Crucita se levanta al oír las seis campanadas del reloj y sale a encontrar a Toño en el sitio indicado.

Éste, como de costumbre sucio y mal fajado, la recibe diciendo:

—Tenías que ser mujer. Nunca estáis a tiempo.

—No te enojes, hermano. Pero dime, ¿cuál es la sorpresa que querías darme?

—Anoche fui a ver a doña Chole.

—¡Santo Cielo! ¿De verdad estuviste con la bruja?

—No seas tonta, que no hay brujas. Es cierto que está vieja y es muy fea. Cállate ahora y deja de hablar. Me contó que en la mina abandonada hace ya muchos años, su marido, que era pagador, murió en aquel accidente que nos cuenta papá, donde muchos mineros se quedaron enterrados al haber un derrumbe, y naturalmente todo el dinero

de la raya se quedó enterrado allí. Imagínate, dice doña Chole, que eran cajas y cajas de monedas de oro, pues entonces no había dinero de papel. Por las noches, cuando nadie la ve, va a la mina a cavar, y ya me dijo exactamente el lugar.

—¿Y qué vamos a hacer nosotros?

—Vamos a sacar el dinero tú y yo, a no ser que tengas miedo.

Indignada, la niña le responde:

-Soy valiente y contigo iré a donde quieras.

Empezaba a llover muy menudito, pero decididos emprenden el camino hacia la mina.

Resbalando aquí y allá, cayendo algunas veces, caminaron casi dos horas hasta llegar al oscuro túnel, entrada de la mina.

Los dos están temblando. Toño dice:

—”Manita”, estás temblando; ¿quieres regresar?

—No, hermanito, no tengo miedo, tengo frío.

Una parvada de murciélagos les da la bienvenida, y Toño, al oír a su hermana gritar, ordena: —¡Pecho a tierra!

El túnel por momentos se oscurece, las telarañas se les pegan a la cara, hay chillidos de insectos, aleteos de bichos asquerosos, el techo gotea agua muy fría; de repente se topan con una pared. Toño enciende la lámpara y se da cuenta que hay muchos túneles y no saben cuál tomar, y sin darse cuenta cada vez se adentran más en aquel horrendo laberinto. De pronto un aire helado hace que se apague la lámpara, cae Toño y se da cuenta que el agua ya les llega a las rodillas. Por fin, cansados, helados hasta el hueso, se sientan en unas piedras a llorar. Están perdidos.

En casa de Martiniano, Rosa nota la ausencia de los niños. Alarmada avisa a su papá; éste los busca por todas partes.

La noticia vuela en un instante. Los vecinos se aprestan a ayudar.

Alguien los vio salir hacia la mina abandonada. Otros vieron a Toño la noche anterior con doña Chole.

Francisco, el mayor de los hermanos, va a hablar con la anciana y le aclara la verdad. Padre, vecinos y hermanos salen a buscar, armados de linternas, picos, palas y cuerdas.

Después de agotadora búsqueda, los encuentran al fin, en estado lamentable, enlodados de pies a cabeza, temblando de nervios y de frío. En brazos los sacan de allí.

Pasado el susto, el pobre Toño se resigna a aguantar como los hombres la merecida tunda que le dan sus hermanos por su brillante idea.

Al día siguiente Crucita estuvo muy callada, le dolía el cuerpo, sentía que la cabeza le estallaba.

Al no probar bocado en todo el día, Rosa le pregunta:

—¿Qué tienes, Crucita? ¿Te sientes mal? Si estás triste por Toño, no te aflijas; ya se le olvidó. Ya ves, él mismo dice que mientras papá le está regañando, él se pone a pensar en otra cosa.

—No es nada, Rosa; lo que tengo es que todavía estoy asustada.

Rosa la toma en sus brazos y al besarle la frente nota que está ardiendo la criatura.

Asustada corre a pedir auxilio a los vecinos. En un momento la casa está llena de gente, sugiriendo distintos males y ofreciendo remedios caseros. La pobre niña tiene que tomarse varios bebistrajos espantosos que no hacen efecto, por supuesto.

Por momentos la fiebre aumenta. Los dolores son cada vez más fuertes.

—Rosa —grita la niña—, no me puedo mover; las piernas las tengo como muertas. ¿Me voy a morir? No tengo miedo. Tú dices que los niños, si se mueren y son buenos, se van derecho al cielo, pero yo prefiero quedarme aquí. Yo quiero ayudar a papá; es por eso que fuimos a la mina en busca del tesoro.

Rosa no sabe qué decir y en silencio eleva una oración: “Señor, no te puedes llevar a mi hermanita. Tú tienes muchos angelitos junto a ti. ¿No nos puedes dejar este que tanta falta hace?”

Casi a media noche llega Martiniano con el doctor. La familia rodea la cama de la enferma; todos lloran e imploran a Dios a su manera. Toño, arrepentido y espantado, le promete al Señor que en adelante será bueno si alivia a su hermanita.

El médico examina a Crucita con mucho cuidado y suspirando dice:

-La niña está muy grave; hay que llevarla al hospital de Guanajuato de inmediato; es una enfermedad muy contagiosa llamada poliomielitis.

Por muchas semanas, Crucita sigue entre la vida y la muerte hasta que al fin una mañana el doctor, con cara de alegría, le dice a la familia: —Tengo buenas noticias; el peligro pasó; pronto tendrán a Crucita en casa otra vez; sus ganas de vivir la salvaron.

—¡Bendito Dios! —exclama Martiniano; y un súspiro de alivio de todos se hace oír.

Rosa, temerosa, pregunta: —¿Quedará bien?

El médico titubea y dice: —Bueno, sus piernas están paralizadas, sus manos aún están muy torpes. Pero ustedes tendrán que ayudarla; ya dije que el valor de la chica es admirable y quiere a toda costa quedar bien. Nada de caras tristes; todo en esta casa tendrá que ser normal; su actitud deberá ser como que aquí no ha pasado nada.

Pasados unos días, llega por fin el día tan esperado. La casa relumbra de limpieza.

Llega la hora indicada y el médico baja de su coche con Crucita en brazos. Todos están conmovidos, Crucita también.

Llueven los comentarios y Crucita contesta a todas sus preguntas, y viendo a Toño apenado le dice:

—Toñito, no te vayas a reír de mí, pero en el hospital de verdad tuve miedo.

Con lágrimas en los ojos el niño le responde haciéndose el valiente:

—Claro, hermana, es que yo no estaba allí.

Esto rompe la tensión y todos ríen.

Crucita le pregunta al doctor: —¿Dónde está mi sillita de ruedas? Quiero que todos vean cómo la manejo.

Toño observa cómo gira la niña en todas direcciones y no pudiendo callar más le dice: -¿Me la vas a prestar de vez en cuando?

Los días que siguen son difíciles para todos. Crucita trata de no ser una carga para nadie; con gran esfuerzo trata de vestirse sola, se hace sus trenzas aunque no muy bien hechas. No permite que Rosa le haga nada.

En San Luisito la gente se admiraba de ver a la niña recorrer sus calles en su silla de ruedas, siempre amable y sonriente, y con el mismo interés que tenía antes para todo lo que fuera aFarería.

Su padre, a ruegos de Crucita, pacientemente la enseña a trabajar el barro; día tras día ensaya hacer juguetes.

Algunos días se sentía triste; se le antojaba ser como era antes, poder correr, brincar como los demás niños; extrañaba sus aventuras con Toñito, y por las noches, cuando nadie la veía, se ponía a llorar.

Muchos meses pasaron así, sin fallar ni un solo día en su trabajo; y cada día, aunque lentamente, progresaba; sus manos se hacían cada día más hábiles.

Un día despierta decidida y dice para sí: —Hoy voy a hacer un cochinito de barro. Todo el día trabajó; no le gustaba lo que hacía, pero volvía de nuevo a comenzar. Por fin, ya casi para cerrar el taller, lo dio por terminado; le pareció tan bien que les grita a sus hermanos: —Muchachos, vengan a ver, ya terminé mi obra.

Éstos voltean y sin decir palabra, de reojo, se miran uno a otro: —¿Qué, no les gustó? —reclama la chiquilla— Claro que todavía no lo decoro. Cuando esté terminado me dirán la verdad.

Un hermano se atreve a preguntar: —¿Qué es, Crucita? Nunca he visto esa figura. ¿Es animal o juguete raro?

—¿No lo ves, tonto? Es un puerquito que va a ser una alcancía. Y diciendo esto, llama a su papá y le pregunta:

—¿Qué opina de su hijita? ¿No es un genio?

Martiniano tiene que pensar aprisa antes de contestar:

—Me parece muy original.

Crucita mira a sus hermanos desafiante: —¿Se lo dije? Si papá lo aprueba, señal que no está mal.

Al día siguiente, Crucita esperaba la tarde para terminar su cochinito. Por las mañanas, desde hacía tiempo, estaba ensayando a caminar. Era un secreto, ni siquiera Toño lo sabía. Había encontrado en las excursiones que hacía en su silla de ruedas un lugar ideal para aprender nuevamente a caminar. Era una vereda solitaria sembrada a ambos lados de eucaliptos; éstos hacen las veces de barrotes para apoyarse en ellos y le sirven de metas, además. Ya puede caminar un trecho largo, no a la perfección, claro, pero es un adelanto prodigioso; esto la tiene fascinada, pensando que será una sorpresa que le dará a su familia en Navidad.

La tarde llega al fin. Crucita con cariño va en busca del cochinito y con maestría empieza a decorarlo. Le pinta el fondo blanco; su trompa, lo mismo que sus orejas gachas, las pinta coloradas, y en la frente dos rayas negras que le dan una expresión de preocupado; sus ojitos, dos puntos negros y brillantes; su pancita la adorna con una flor roja y hojas doradas.

Para su gusto quedó divino su puerquito y persignándolo lo mete al homo.

Al verlo salir ya bien cocido, Crucita lo contempla y exclama complacida:

—De verdad he logrado una obra maestra.

La familia se reúne en tomo del cochino; nadie comenta. Crucita está tan feliz que no se da cuenta del silencio, y sonriendo orgullosa le dice al papá: —Va usted a ver, pa-pacito, cuando lo lleve al mercado se va a vender como pan caliente y le harán muchos pedidos.

Su padre, receloso, le sugiere: —¿No será mejor que se quede el cochinito en casa? Después de todo es tu primer trabajo; lo puedes guardar como un recuerdo.

Crucita no puede creer lo que está oyendo, e incrédula replica la chamaca: —No me diga, por favor, que no le gusta; a mí me parece tan bonito.

—Eso creo yo también —sale Toño en defensa de su

hermana—. La alcancía de Crucita es superior a todo lo que he visto. Desde hace años, en los puestos siempre hay 10 mismo; ya es hora de que alguien cambie un poco.

Enfurecido, el niño les reprocha: -Ustedes se creen todos muy artistas, pero nunca he visto que hagan algo novedoso.

El labio inferior de la niña está temblando, y un puchero se dibuja en su carita. Baja la cabeza para ocultar su pena, toma su alcancía con ternura, la coloca junto a ella en su silla de ruedas y lentamente se dirige a casa.

Todos quedan apenados, se sienten criminales. ¿Cómo han podido lastimar así a Crucita?

—Mi hijita, espera —le dice cariñoso Martiniano—. Ven conmigo a platicar un rato.

La chica en silencio lo obedece.

—Creo que me entendiste mal. Tu cochinito sí me gusta; pensé por un momento que quizá debemos esperar a tener más experiencia, pero Toño tiene razón, mañana lo llevaremos al mercado a vender. Tú irás conmigo.

Sentada en su silla de ruedas, vestida con sus mejores galas, sus trenzas atadas con listones rojos, la niña espera en el mercado. Cada persona que se acerca al puesto hace que su corazón lata más fuerte y en silencio ruega: -Que se fijen en mi alcancía, Señor, que sí les guste.

Después de un largo rato, un grupo de señores bien •vestidos se detienen ante el puesto. Examinan cosa por cosa. Por fin, una señora se fija en la alcancía y pregunta.

—Y éste, ¿cuánto vale?.

Martiniano le pone un valor que es elevado. Nadie protesta. Otro pregunta: —¿Y por docena? Háganos un buen precio, somos comerciantes de la Capital y vamos a querer muchas docenas.

Martiniano arregla todos los detalles y con una suma por adelantado cierra el trato. Luego les dice: —Señor, ahora quiero que conozcan a la artista que hizo esta alcancía.

Todos se quedan asombrados al ver una artista tan chiquita, la felicitan, le hacen cariños y le piden se deje retratar. Ella, feliz, accede a todo.

Al día siguiente toda la familia se pone a trabajar. Crucita se siente orgullosa al ver que sus hermanos la consultan. Ella aprueba o reprueba según su parecer.

Semanas más tarde de haber enviado el pedido, el cartero trae una carta para Martiniano. Este, visiblemente emocionado, llama a la familia: —¿Qué creen, muchachos? Nuestra Crucita ha triunfado. Su alcancía ha tenido un éxito grande; piden que les mandemos más puerquitos, y piden permiso para hacer carteles como anuncio, que los mandarán por todo el mundo. Claro está, por esto pagarán mucho dinero.

Hay gritos de alegría; todos besan y abrazan a su hermana.

Crucita está aturdida, siente demasiadas emociones a la vez. Es feliz al ver que sus sueños se han logrado, y al mismo tiempo siente que su corazón le va a estallar. En medio de esta confusión de sentimientos, no pudiendo resistir más, se levanta y con pasitos torpes, vacilantes, se acerca poco a poco a su papá. Nadie se atreve a pronunciar palabra. Inmóviles como estatuas están todos al ver aquel milagro ante sus ojos.

Al llegar junto a su padre, los dos se abrazan sollozando sin poderse contener.

El padre, tratando de controlar sus sentimientos, entre risas y lágrimas pregunta: —Hijita, ¿qué tienes, por qué lloras así?

Ella responde: —Lloro de alegría como tú me enseñaste, papá. Yo ya soy grande.

One Comment

  1. Amo esta historia,mi mama me la contaba cuando estaba chiquita :’3<3

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