El abad y el cocinero

By on 4-30-2014 in 3 - Niños de Todo el Mundo, Europa

por Juan de Timoneda, adaptado por E. T. Ilustraciones de Juan Serrabona

Un abad muy bueno y muy honrado gobernaba un monasterio de monjes que repartían su tiempo entre la oración y el trabajo. El monasterio era muy grande. Tenía huertos y una biblioteca, una iglesia y una cocina. En la cocina trabajaba un muchacho muy despabilado que los monjes habían recogido en los alrededores del convento muchos años atrás, casi recién nacido, creyendo que era hijo perdido de algunos pobres mendigos o titiriteros, y así lo criaron y le enseñaron el oficio de cocinero.

 

El monasterio era muy rico y unos señores envidiosos fueron a ver al superior de la orden y le contaron chismes e historias, diciendo que el abad se había vuelto muy ignorante y bobo e incapaz de gobernar el convento, para que le quitara de su cargo y entregara el abadiado a un amigo de ellos, con más méritos, según aseguraban esos enredadores.

El superior llamó al abad y le dijo:

—Reverendo padre: ciertas personas me han informado

que no sois tan sabio como conviene, y que vuestra bondad es sólo debilidad de carácter. Para acallar a esos informadores y tranquilizar mi conciencia os quiero hacer tres preguntas. Si me dais buenas respuestas, consideraré mentirosas a las personas que han hablado mal de vos y os confirmaré para toda vuestra vida en el abadiado. Si no respondéis bien, dejaréis el puesto a ún nuevo abad.

—Haré lo que pueda —respondió el abad con la cabeza baja- ¿Cuáles son las preguntas?

—La primera es que me digáis cuánto valgo; la segunda, que dónde está el medio del mundo; y la tercera es que adivinéis en qué estoy pensando. Y para que no penséis que os quiero apremiar a que me contestéis de improviso, andad que os doy un mes de tiempo para pensar en ello.

Vuelto el abad a su monasterio, por más que miró sus libros y diversos autores, no halló para las tres preguntas respuesta que fuese suficiente.

Pasaban los días y el abad iba por el monasterio tan triste que hasta el cocinero notó su preocupación y le preguntó:

—¿Qué es lo que tiene, señor?

El abad pensó que el cocinero era muy joven y contestó que no le pasaba nada. Pero el muchacho insistió:

—No deje de decírmelo, señor, porque a veces las piedras chicas suelen mover las grandes carretas, o sea, que aunque sea chico quizá pueda ayudarle, y bien que me gustaría hacerlo.

Tanto se lo suplicó que el abad se lo hubo de decir y el cocinero, conocida la causa del mal, habló así:

—Señor, prestadme vuestras ropas, pegadme unas barbas postizas a la cara y, como le semejo algún tanto y con el estirón que he dado le llego casi a los hombros, nadie se dará cuenta del engaño, sobre todo si pensáis que vuestro superior no os ha visto más de un par de veces, y que para divertirme yo he aprendido a imitar vuestros gestos y pa-

 

labras. Iré de noche a ver al superior y prometo sacaros del apuro, a fe de quien soy.

Se lo concedió el abad, porque no tenía otra salida, y vistióse nuestro cocinero sus ropas, y con un monje detrás, como si fuera su criado, con toda la ceremonia que convenía vino en presencia del superior.

—¿Qué hay de nuevo, abad?

—Vengo a responder a vuestras tres preguntas —dijo el cocinero sin levantar los ojos del suelo.

—Adelante.

—Primero me preguntó que cuánto valía vuestra reverencia, y yo digo que vale veintinueve dineros porque Cristo valió treinta y nosotros valemos menos que El. Lo segundo, que el medio del mundo está donde tiene vuestra reverencia los pies, porque el mundo es redondo como una bola y cualquier sitio que queramos es el medio de él, y esto no se puede negar. Lo tercero es que diga qué es lo que piensa vuestra reverencia, y es que cree hablar con el abad y está hablando con su cocinero.

Admirado el superior, dijo:

—¿Es eso verdad?

—Sí, señor —respondió el muchacho sacándose el disfraz-, que soy su cocinero, que para preguntas tan sencillas era yo suficiente y no mi señor el abad. Le debo a mi señor muchos favores. Su bondad es inmensa; me recogió y me crió siendo niño y ha hecho de mí un buen cocinero, y con este servicio le demostraré mi gratitud.

Viendo el superior la osadía y viveza del cocinero, no solo confirmó al abad en su abadía para todos los días de su vida, sino que hizo infinitas mercedes al cocinero.

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