El cosmonauta

By on 4-25-2014 in 3 - Niños de Todo el Mundo, Asia

por Vladimir Zheleznikov Ilustraciones de Naum Josifovich Zeitlin

El nuevo alumno se sentó en la última fila. Su pelo era tan rojo que todos se fijaron en él.

-Tenemos un nuevo -dijo Levushkin, el parlanchín de la clase.

El maestro preguntó al nuevo alumno de qué parte de la ciudad procedía.

—Derribaron nuestra casa vieja y nos hemos trasladado a un núevo piso, en este barrio —respondió.

—¿Cómo te llamas?

—Kniajin.

—¿Cómo vas de matemáticas? (El maestro enseñaba matemáticas.)

—Es mi asignatura preferida —respondió Kniajin.

—Qué pelo tan rojo —pensó el profesor, sin reparar en la cara del muchacho. Se volvió a la pizarra y comenzó a explicar un nuevo tipo de ecuación.

Como siempre que el maestro se volvía de espaldas, Levushkin comenzó a enredar y a reírse.

—¡Estáte quieto! No nos dejas seguir la explicación —oyó el profesor que el recién llegado le decía a Levushkin. Se volvió y vio a Levushkin sorprendido, como si hubiera bebido un sorbo de té hirviendo y no supiera si escupirlo o tragarlo.


 

—Kniajin —dijo el maestro—. Sal a la pizarra y resuelve el problema aplicando la nueva ecuación.

El recién llegado solucionó rápidamente el problema. Después explicó cómo lo había hecho, hablando claramente y con seguridad. Al maestro le gustó la respuesta. La mayoría de alumnos habría utilizado demasiadas palabras. Pero no había ocurrido así con Kniajin.

Sonó la campana del recreo. Todos los chicos salieron de la clase.

—Habéis oído al mocoso. Le molesté. El primer día de clase y ya está tratando de mandonear. Nadie puede respirar sin su permiso. ¡Un pelirrojo, mimado del maestro! —dijo Levushkin.

—Ya sé que mi pelo es rojo —respondió Kniajin— No tienes por qué recordármelo. Diciéndome esto demuestras que eres tonto. Eso mismo: ¡un tonto!

Una semana más tarde, el Jefe de Estudios de la Escuela enseñó al profesor de matemáticas la lista de los chicos que se habían inscrito en los distintos clubs. El nombre de Kniajin era el primero en la larga lista del club de matemáticas.

-Muy bien -pensó el maestro-. Este chico vale mucho. Necesitamos más como él.

Ojeó las otras listas y en casi todas ellas encontró el nombre de Kniajin. El muchacho se había apuntado a zoología, física y a los clubs deportivos. En lo único que no estaba inscrito era en el coro.

Durante el siguiente recreo, el maestro le llamó.

—¿Por qué te has inscrito en todos los clubs?—, preguntó. Creo que has hecho una tontería.

—Tuve que hacerlo —respondió el chico.

—¿•Es que no sabes lo que realmente te interesa?

—No, no es esto. Sé lo que me interesa —dijo Kniajin, tozudamente—. Pero tengo que participar en todos ellos. La razón es un secreto.

—Secreto o no secreto —dijo el maestro—, no hace falta que te molestes en venir al club de matemáticas. Si vas a estar en el de zoología, física y en el de deportes, no te quedará mucho tiempo para las matemáticas.

El chico pareció molesto. Incluso palideció. El maestro lamentó haberle, hablado en aquel tono tan duro. Después de todo, no era más que un chiquillo.

Por unos momentos, se quedaron los dos mirándose cara a cara, en silencio.

—Debo asegurarme de que lo sé todó. Así no podrán prescindir de mí. Voy a ser piloto espacial. Nunca he hablado de esto con nadie, pero usted me ha hecho… —dijo Kniajin de repente.



—Así que es esto —dijo el maestro mirando de verdad por primera vez a Kniajin.

La mata de pelo rojo cubría su ancha frente, algo abultada, y sus ojos azules parecían desesperados.

—Este muchacho hará lo que se propone —se dijo—. Seguro que alcanzará la meta.

El profesor de matemáticas se acordó de pronto de cómo se había sentido, durante la guerra, cuando se lanzó en paracaídas; lo asustado que estaba cuando saltó al vacío, mirando hacia abajo, hacia la lejana tierra llena de árboles y ríos diminutos como charcos de lluvia, y de cómo se había preguntado: “¿Y si el paracaídas no se abre?” En aquel momento la tierra no era acogedora, sino terrible.

Los que vuelan por el espacio deben sentirse mucho más aterrados —se dijo el maestro—, pero éste lo conseguirá; estoy completamente seguro.

—Si se trata de esto, si realmente estás decidido a ser cosmonauta, no me opongo a que pertenezcas a todos los clubs —le dijo a Kniajin.

—Gracias —respondió Kniajin.

Durante los tres primeros meses del cuatrimestre, Kniajin no dejó de asistir a una sola reunión del grupo de matemáticas. Después, dejó de ir. Estaba siempre pensativo y había adelgazado mucho.

—¿Por qué has dejado de ir al club de matemáticas? —le preguntó un día el maestro.

Kniajin levantó la mirada. Sus ojos parecían de otra persona; no estaban desesperados, pero sí muy tristes; y quizá no eran tan azules.

—Probablemente pronto comenzaré a ir otra vez —dijo distraídamente.

Poco después, Levushkin, que se había hecho amigo del muchacho nuevo, le dijo al maestro:

—Kniajin está en apuros. No debería decírselo, pero estoy seguro de que tiene grandes problemas.

Ei maestro decidió hablar con Kniajin. Por casualidad, aquella misma tarde tropezó con él. Se encontraba frente al mostrador de una librería cuando de pronto oyó una voz conocida.

—¿Tienen ustedes algo nuevo hoy? —oyó que preguntaban.

-Escucha -dijo la dependienta-. No esperes algo nuevo todos los días. ¿Por qué no vienes solamente un par o tres de veces a la semana?

El maestro miró a su alrededor para ver con quien hablaba. Allí estaba Kniajin. Había algo nuevo en él, pero el maestro no se dio cuenta hasta que advirtió que el chico llevaba lentes. Unos pequeños lentes, de niño, con franja de metal. Kniajin se ruborizó; mejillas, orejas, incluso la nariz se le pusieron como la púrpura.

—Ah, eres tú —dijo el profesor. Pero no tuvo tiempo de añadir una sola palabra más; el muchacho dio media vuelta y se marchó. El maestro corrió tras él.

—¡Kniajin! —gritó—. ¡Espera, Kniajin!

Un hombre miró sorprendido al maestro que corría y una mujer gritó:

—¡Paren a este chico!

Sólo entonces se detuvo Kniajin. Sin mirar al maestro, se quitó las gafas y dejó caer la cabeza.

—¡Un chico listo como tú no tiene por qué avergonzarse de llevar gafas! ¡Deberías saberlo! No te ofendas, pero, en mi opinión, te estás portando como un estúpido.

Kniajin siguió callado.

—¡Correr por algo así! Levushkin me dijo que se trataba de “un gran problema”. ¡Tonterías!

Kniajin levantó la vista y comenzó a hablar con voz ahogada.

—Ya no me aceptarán como piloto. Me enteré que no admiten a los cortos de vista. Nunca podré volar en naves espaciales. ¡Detesto estas gafas!


 

—Así que era esto… —se dijo el profesor— Ésta es la razón por la que se siente tan triste y ha adelgazado tanto. Su sueño se ha roto en pedazos y sufre, solo y en secreto.

—Te estás torturando por nada —dijo al muchacho—. Puedes volar en una astronave como ingeniero astrónomo o médico.

—¿De veras cree esto? ¿Cree de verdad que aún tengo alguna esperanza?

Se aferró a las palabras del maestro, con alivio.

—¿Por qué no había pensado en esto? ¡Qué.tonto soy! ¡Realmente tonto! -se dijo.

Kniajin volvió a colocarse las gafas sobre la nariz, ahora roja por el júbilo, y comenzó a andar, como si fuera corriendo directamente hacia un futuro feliz.

One Comment

  1. Sin conocer casi nada sobre literatura infantil sovietica, no cabe duda que uno queda a través de este costumbrista-realista realista con un buen sabor de boca. A a través de su sencillo pero entrañable argumento observamos algunos valores representativos de la sociedad en aquel macroestado que era la Unión Soviética en aquel entonces (probablemente los años 60): la persistencia y aptitud de superación y esfuerzo desde temprana edad, La relación cercana entre alumno y maestro que logra llevarse a cabo, que uno puede concebirla conociendo detalles sobre la vida diaria en la Unión Soviética y cual uno no imagina en nuestra individualista y acelerada sociedad actual. Por último sobre todo el optimismo que se trata de inculcar desde la infancia de lograr los sueños sin detenerse en los obstáculos. Lleva a gustar mucho y queda como un recuerdo especial el haberlo leído a edad temprana. Gracias por colocarlo.

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