El Indiecito Embrujado

By on 4-27-2014 in 3 - Niños de Todo el Mundo, América

Cuento venezolano, adaptado de relatos sobre los indios yanomamos, por E.T.

Ilustraciones de Rosario M.a García Morales

Cuando más atareado me hallaba dibujando los árboles que me salían al paso, me di cuenta de que ya casi era de noche y de que me había apartado mucho del campamento donde estaban mi padre y sus alumnos de la Universidad. Recogí rápidamente las láminas dibujadas, los lápices y la caja de pinturas y traté de orientarme. Pero fui incapaz de hallar la última palmera que había copiado en mis papeles, una yagua de frutos comestibles. ¿Y la otra palmera, también de frutos comestibles, según había leído en el libro-guía que me había dejado mi padre para orientarme en mi trabajo ? La otra palmera, llamada pijigüao, no se distinguía de los otros árboles de la espesura, porque la oscuridad convertía todos los árboles en amenazantes masas oscuras, como gigantes de agitadas melenas. Era de noche y me había perdido.

Era la primera vez que mi padre, profesor de botánica de la Universidad de Caracas, había permitido que le acompañara en su expedición de estudio por el sureste del Territorio Federal Amazonas. Un grupo de alumnos le acompañaban y aquella tarde en el alto Orinoco, mientras ellos trabajaban en las tiendas, clasificando hojas, raíces, fotografías y todo el material que habían recogido hasta el momento, yo había salido, aconsejado por ellos, a dibujar

 

yaguas, pijigüaos y otros árboles por los alrededores. —Pero no te alejes mucho —me había aconsejado mi padre—. No pierdas de vista el campamento. Estamos en territorio de los indios yanomamos. Ésta es la tierra de la tribu yanoma-mi, una gente muy cuidadosa con los nombres. También se les llama guaicas o guajaribos, pero ellos se denominan sólo yanomami o yanoami. Entre los yanomamos es una ofensa llamarse por su nombre. Así que si te encuentras con alguno, mucho cuidado. Decir su nombre es tabú.

-¿Tabú?

—    Prohibido. Una ofensa grave. Una prohibición muy

seria.

—    ¡ Pero si no sé ningún nombre yanomamo!

—Yo tampoco. Pero he leído algunos libros sobre sus costumbres. Uno de mis alumnos, el encargado del laboratorio fotográfico, ha estudiado su lengua. Piensa que existen actualmente en Venezuela 27 lenguas indígenas y 5 más en el territorio del río Esequibo: 32 lenguas en total…

Mi padre me había contado otras curiosidades de los indios y yo recordaba esta conversación mientras corría para regresar al campamento. Pero me detenía de vez en cuando y no sabía dónde me encontraba porque a cada paso la oscuridad aumentaba. Sólo se oían ruidos de animales. Estaba desesperado, sucio y cansado. Y pensaba que si había dibujado sólo palmeras de frutos comestibles en las últimas horas debía ser porque empezaba a abrírseme el apetito que ahora se había convertido en una especie de animal que aullaba de hambre en mi estómago. Tenía rota la ropa y rasguños en todo el cuerpo ¡y hambre!, ¡y un sueño!…

Pero no podía dormir. Pensaba que si me acostaba para esperar a la luz del amanecer que me orientara, podía venir una cascabel o una cuaima, o también un jaguar o una araña mona, esa araña tan peligrosa si nos llega a atacar. Pero hubo un momento en que no pude aguantar más y me acosté en el suelo, junto a un árbol.

Dormí muchas horas y, al despertar, cuando amanecía, vi un chico semidesnudo cerca de mí que estaba como vigilándome. Era un indio de mi edad, más o menos. El indiecito, al ver que me despertaba, corrió hacia un claro de la selva, muy cerca del lugar en el que yo me hallaba, pensé que seguramente para anunciar mi despertar. Resulta que me había acostado en el borde mismo del lugar que habitaba uña tribu de yanomamos.

En el claro de la selva había otros indios, hombres, mujeres y niños, todos comiendo una especie de pan que olía a plátano asado. Acababa de amanecer y con eso se debían desayunar. Vi muchos animales que andaban sueltos por las casas, como perros, un chigüire, un picure, un paují y hasta un oso melero… Tendida en un chinchorro había una anciana que no paraba de toser. Un indio muy importante, por el respeto que inspiraba a los demás y por los colgajos y colores que llevaba pensé que sería un brujo, estaba al lado de la vieja recitando ensalmos o fórmulas mágicas. La mujer no comía nada. Debía de estar enferma y el brujo debía de estar tratando de sacarle los malos espíritus de la enfermedad. Yo estaba tan lleno de curiosidad que ni se me pasó por la cabeza huir o estar asustado. El indiecito se acercó al brujo con gran reverencia y después de un momento de conversación, un grupo de hombres con el brujo y el indiecito a la cabeza se dirigieron hacia el lugar en que yo me encontraba acostado. Entonces no se me ocurrió otra cosa que cerrar los ojos y hacerme el dormido para ganar tiempo y averiguar las intenciones de los indios que se acercaban.

El brujo debió pensar que yo estaba enfermo porque comenzó a recitar sus fórmulas mágicas ante mí, como hiciera antes con la anciana. Pero como yo no estaba seguro de qué me pasaría si abría los ojos, seguía con mi truco, hasta que los indios se cansaron y sólo se quedaron junto a mí, vigilándome, el brujo y el indiecito.

Era muy pesado eso de no poder abrir los ojos nunca y oijiiLiiai i^lic uixu csua uuu ci cuiiucimieiiiu jjcruiuu, asi que de vez en cuando, disimuladamente, entreabría los ojos para observar a mis vigilantes. Observé que el brujo y el indiecito comían unos gusanos verdes y sentí tal repugnancia que cerré los ojos enseguida. Cuando los abrí de nuevo, estaban comiéndose una araña… Me asombré tanto que casi me atrapan con los ojos abiertos. El brujo se acercó a mí y comenzó a dar gritos y a cantar sus ensalmos. Luego la voz del brujo se alejó, así que yo me puse a observar si se iba y me dejaba con el chico.

Pero se alejaban los dos, danzando y cantando, hasta que llegaron al pie de un gigantesco pijigüao. Entonces el brujo colocó las dos manos sobre la cabeza del indiecito, gritó sus fórmulas mágicas, se volvió hacia mí, sin duda para estar seguro de que nadie observaba la extraña ceremonia. Yo cerré los ojos para no dejarme atrapar, y cuando los abrí de nuevo, con gran cautela, el brujo tenía las manos posadas sobre la cabeza de… un monito, casi tan grande como el indiecito desaparecido. ¡Extraordinario! ¡El indiecito estaba embrujado!

El brujo realizó un par de veces más el mismo hechizo. Por dos veces más pude observar cómo el brujo, mediante el recitado de sus fórmulas mágicas, transformaba al indiecito en un mono y viceversa. Al fin, el brujo dejó junto al enorme pijigüao al monito y se acercó a mí, mientras comenzaba a recitar sus ensalmos. Yo estaba muy alarmado. ¡No quería que me ocurriera lo mismo que al pobre indiecito! Los ensalmos que recitaba el brujo me parecían los mismos que acababa de escuchar. Seguramente el encantamiento del indiecito había sido sólo como un ensayo para realizar sin ningún fallo mi transformación en… un monito, o quién sabe en qué otro animal. Así que no aguanté más, me levanté tan rápido como pude y apreté a correr por la selva con todas mis fuerzas.

Pero en el mismo instante en que yo me levanté, salieron unos cuantos indios que esperaban ocultos entre las matas y árboles y cayeron sobre mi en un momento – y perdí el mundo de vista, como si me durmiera de nuevo.

Esta vez desperté entre mi padre y el alumno fotógrafo que hablaba la lengua de los indios. Estaba en una choza del poblado indio, y el indiecito embrujado asomó su cabeza por la puerta. Mi padre, al ver mi gesto de sorpresa, explicó:

—    Los indios nos han contado que han utilizado el truco de hacerte creer en la transformación del niño en monito, para ver si estabas enfermo de verdad…

—    ¡Pero yo he visto…! —protesté.

 

—No has visto nada, porque en el momento de ponerse el mono debajo de las manos del brujo, éste se volvía a mirarte para que tú cerraras los ojos. Los yanomamos crían animales por gusto. Consideran crueldad comer un animal criado. Los crían con cariño, como si fuera uno más de la familia.

Y para convencerme, me hicieron salir al exterior donde vi una india que por un lado le daba de mamar a su niño y por el otro a un monito que se había quedado sin madre.

—Comer gusanos no es ninguna porquería —siguió explicándome mi padr^. Lo que pasa es que nosotros no estamos acostumbrados. En su selva no abunda la caza y hay que obtener proteínas para el cuerpo de donde sea. También comen arañas, culebras y otras alimañas.

Más tarde, me despedí del indiecito. Me dijeron que la mejor manera de saludarlo era regalándole algo: fósforos para prender fuego, una navajita, y… caramelos que traía mi padre. El indiecito los recogió del suelo con los dedos del pie, como hacen los cuadrumanos, se los llevó a la mano y, con la mano, a la boca, para desempapelarlos a mordiscos y, después, chuparlos deleitosamente. El indiecito sonreía, sin hablar.

—Son muy inteligentes… —comenté yo, al pensar que el truco del brujo para hacerme levantar fue mejor que el mío de hacerme el inconsciente—. ¿Cómo se llama el indiecito?

El alumno fotógrafo me recordó, alarmado:

—No hay que pronunciar su nombre. No hay que preguntárselo. Eso es tabú.

— ¡Es verdad! Entonces le llamaré el indiecito embrujado. Y cuando llegue a Caracas pintaré su retrato y lo llamaré así: El indiecito embrujado.

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