La huida de casa

By on 4-30-2014 in 3 - Niños de Todo el Mundo, África

por Kola Onadipe Ilustraciones de Bruce Onobrakpeya

Siempre he tenido miedo al agua. Cuando mis amigos iban a nadar, yo permanecía alejado porque mi madre me había hecho prometer que nunca nadaría, y yo he mantenido muy bien esta promesa.

Aquel día, después de haber pasado un largo rato en la ribera tratando en vano de atrapar algún pez, mis amigos se quitaron la ropa y se zambulleron en el agua. Yo me quedé en la orilla, mirándolos. Se burlaron de mí y me llamaron “el hijito de mamá”. Estuve tentado de saltar al agua para demostrarles que no era tan tonto como ellos creían.

Estaba mirando atentamente a la corriente cuando uno de los niños, que se había arrastrado sigilosamente detrás de mí, me dio un empujón. Caí pesadamente en el agua. Yo estaba vestido, y si hubiera sabido nadar, la ropa me hubiera impedido hacerlo. Pero no sabía nadar. Cuando traté de gritar, un sorbo de agua entró en mi boca.

Me hundía y todo quedó a oscuras. Algo me empujó hacia arriba y volví a ver la luz del sol. Entonces oí a los chicos que se reían de mí.

Otra vez me fui hacia abajo. Me di cuenta de que iba a ahogarme y que aquellos traviesos muchachos seguirían riéndose de mí hasta que muriera. En aquel momento me acordé de mis padres y mi hermana, y me puse triste.

 

Llorarían mi muerte. También sentí tristeza por mí mismo. ¡Iba a morir muy joven! ¿Qué quedaría de mis ambiciones después de convertirme en pasto de los peces? Recordé las cosas que siempre me habían gustado y las eché de menos. Probablemente mi padre pensaría que me estaba bien empleado porque siempre hacía lo que no debía. Me maldije a mí mismo por escaparme de casa y, de haber podido, hubiera llorado.

Una mano me agarró entonces por la cintura y traté de sujetarme fuerte a ella. Pero me di cuenta de que intentaba salvarme y me controlé. Cuando me sacaron, estaba terriblemente exhausto. Me quedé muy quieto y ni siquiera pude pensar en pelear con los muchachos que estaban aún en el agua, burlándose de mí. Algunos querían dejarme más rato en el agua, para que tragara más y así me curara del miedo. El chico que me empujó me dijo que debía ir a casa y decírselo a mi madre. Me esforcé por enfadarme, pero fue inútil. Estaba cansado, sin fuerzas, y además contento de haberme salvado y de estar sano y salvo otra vez.

Cuando recuperé las fuerzas y me sentí otra vez con ánimo, decidí dar una lección a aquellos chicos. Mientras aún jugaban en el agua, cogí sus ropas de la orilla y me fui con ellas hasta el final del torrente. Sabía que no se atreverían a nadar hasta allí porque incluso los hombres temen aquella parte de la corriente. Arrojé todos los vestidos al agua y los vi flotar y alejarse. Llamé después a los chicos para que vieran cómo las ropas iban alejándose llevadas por la corriente.

Corrí hacia casa. Llegué y me senté. Mi hermana llamó a mi madre para que viera mis ropas mojadas. Mamá dijo que estaba segura de que me había bañado porque tenía los ojos de color rojo. Antes de ir a casa me había frotado barro en la cara, cuello, brazos y piernas, y no parecían muy limpios. Pero no pude hacer nada por los ojos.

Los chicos, que no habían podido recoger sus ropas,

 

llegaron al poblado casi desnudos. Estaban furiosos y se dirigieron a mi casa. Los vi venir y corrí a ocultarme. Cuando llegaron, hicieron tanto ruido, contando lo ocurrido a mi madre, que mi padre se despertó. Yo no sabía que estaba en casa. Oyó lo que contaron los muchachos y luego me llamó. Salí de mi escondite y vi que tenía un bastón en la mano. Llegué hasta la puerta y salté, desapareciendo en el bosque.

Sabía que escapando no había hecho más que empeorar las cosas. En realidad había marchado sin reflexionar y en cuanto llegué al bosque, me arrepentí. Pero no había forma de volver. Me sentí muy solo y quería regresar a casa, pero temía lo que mi padre pudiera hacerme. Sabía que iba a llegar la noche, y me preguntaba dónde dormiría. Me adentré más en el bosque. Cogí fruta, mucha fruta, pero no la necesitaba. No tenía hambre, y cuando tuve sed, la calmé comiendo una manzana.

Cuando ya hubo casi anochecido, volví a la parte trasera de nuestra casa, en el pueblo. Estaba muy cerca de casa, tanto que podía oír a mi madre que se inquietaba por mí. Ella pensaba que yo regresaría a casa antes del anochecer, pero ahora tenía miedo. Hablaba a mi padre, a mi hermana, hablaba consigo misma, preguntándose qué debía hacer. Yo lo sentía por ella y deseé mucho poder salir de mi escondite. Pero oí que mi padre decía que iba a darme una lección que no la olvidaría en la vida, y no me atreví a salir.

Más tarde, vi a mi madre que con una lámpara de arcilla y en compañía de mi hermana salía de la casa. Adivine que iban a casa de mis amigos para saber si estaba con ellos. Cuando regresó sin saber nada de mí, estaba muy preocupada temiendo que me hubiera ocurrido algo. Salió después por el pueblo, gritando mi nombre, pidiendo que volviera. Yo lo sentía por ella. Las lágrimas se agolpaban en mis ojos. Ya cansada de gritar, mi madre entró en la casa. Yo sabía que ella no iba a pegar ojo en toda la noche.

Ya no se oía ningún ruido en el pueblo. Reinaba un completo silencio. Yo no podía quedarme en la espesura, porque tenía miedo de los animales salvajes, serpientes y toda clase de peligros. Salí de la espesura, pensando pasar la noche en el cobertizo donde mi madre guardaba la harina, pero me encontré con que estaba encharcado. Alguien había roto la tinaja de agua.

Fui después a casa de un amigo y llamé en la ventana. La voz del padre preguntó:

—¿Quién hay ahí?

Salí corriendo y otra vez más me encontré en el bosque, temblando de miedo.

Tuve una nueva idea. Cerca de una casa, en las afueras del poblado, había una gran tinaja de arcilla. Estaba vacía

 

y tenía una tapadera. La quité y me senté cómodamente dentro. Volví a colocar la tapadera dejando un espacio para que entrara el aire. Pronto perdí la noción del tiempo y me quedé dormido.

De repente, noté que me estaban echando agua encima. Me levanté gritando. Alguien me estaba vertiendo un jarro de agua. Al verme, comenzó a chillar y salió corriendo. Era una mujer. Iba pidiendo auxilio. Entonces lo entendí todo.

La mujer se había levantado a primeras horas de la mañana para ir a la ribera, a buscar agua. Las mujeres del poblado suelen hacer esto los días de mercado, para poder hacer los trabajos caseros después. La mujer había echado el agua en la tinaja donde yo estaba durmiendo. No esperaba encontrar a nadie en el interior. Por esto, cuando me oyó gritar se asustó mucho y salió corriendo y gritando.

Yo me desperté completamente mojado, salté del depósito, y traté de huir. Pero una mano me agarró. Me iba a atizar unos golpes, cuando se dio cuenta de que yo era un niño. Yo le grité que me dejara; le dije mi nombre y le expliqué lo que había pasado.

Me arrastró hasta la casa de mi padre, y llamó. Cuando se abrió la puerta, me empujó adentro y se marchó. Yo estaba calado, temblando de frío y de miedo. Mi madre se llenó de júbilo al verme y creo que mi padre mostró síntomas de alivio. Incluso mi hermana se levantó corriendo, interrumpiendo su sueño. Me abrazó. Las lágrimas brotaban de sus ojos. Por vina vez, éramos amigos.

Bertil estaba de pie, mirando por la ventana. Empezaba a hacerse de noche.

Fuera había una niebla fría y desagradable. Estaba esperando que su papá y mamá regresaran a casa. Llevaba tanto tiempo aguardando que ya se impacientaba por su ausencia. Miraba por la ventana, atento a la luz del farol, junto al cual pasaban siempre sus padres.

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