La invitación a Jason

By on 4-30-2014 in 3 - Niños de Todo el Mundo, América

por E.L. Konigsbourg Ilustraciones de Marc Simont

Cuando di la primera fiesta, yo tenía diez años. Toda una década. Y tuve que invitar a Jason.

Las mejores fiestas del barrio donde vivimos son aquellas en que uno se queda a dormir en casa del anfitrión. En

la invitación, donde dice DESDE…, escribí: “Cena a las siete de la tarde, mayo 15.” El 15 de mayo es mi cumpleaños.

Donde dice HASTA… escribí: “Después del desayuno del

16 de mayo.” Esto y el hecho que escribiera debajo que,

por favor, se trajeran el saco de dormir, indicaba ya que se

trataba de una fiesta en la que los invitados se quedarían

a dormir. Había asistido a dos fiestas de este tipo desde

que nos habíamos trasladado a vivir allí. Una de ellas fue

la de Jason.

Mi madre comprobó las invitaciones. Cuando vio el DESDE y el HASTA, dijo que no sabía que una fiesta significara que una estaba condenada a cocinar y lavar platos. Mi madre suele ponerse sarcástica al menor detalle. Sabía que no me importaba que usáramos platos de papel. Se dio cuenta también que el nombre de Jason no figuraba en ninguna de las invitaciones. Además de la observación que hizo sobre la forma en que había abreviado Ohio (Cleveland Oh, había puesto yo), mamá dijo que si era ésta la forma en que yo abreviaba Ohio, tenía que poner signo de exclamación en vez de punto final. Muy sarcástico, ¿verdad?

—Bueno, ¿dónde está la invitación de Jason? —preguntó.

—Tú me dijiste que sólo invitara a seis chicos, y Jason es el séptimo de la lista —le expliqué.

—Saca a otro —sugirió, de la misma forma que un árbitro sugiere a un futbolista salir del campo. ~ ^

Suprimí a John Beecham; era el único de los que hafcía invitado que no me gustaba del todo. Le había puesto en la lista, aunque él no me había invitado a su fiesta. A Dick le gustaba. Dick era el corredor más rápido del cuarto grado y el segundo del colegio. Si Dick no hubiera podido venir el 15 de mayo, yo hubiera cambiado la fecha de la fiesta. Ya había pensado en ello y decidí que tenía que invitar a John Beecham para dar a Dick un motivo más de que viniera.

—No creo que Jason pueda venir —dije a mamá—. Tiene dislexia.

—Ño es contagiosa —dijo mi madre— Invítale —añadió.

Había olvidado que mamá sabía lo que era dislexia. Precisamente ella fue quien me explicó su significado. Mamá sabe mucho en cuestiones de educación. La dislexia tiene algo que ver con la educación, o por lo menos con la lectura. Si tienes dislexia, es como si tu cerebro fuera un aparato de TV estropeado: la imagen pasa muy bien por los cables, pero algunos tubos faltan o están donde no deben. Así que si pones un canal, sale el sonido de otro canal diferente. O faltan imágenes de la película, o están al revés, o cabeza abajo. Los niños con dislexia leen y escriben de forma muy graciosa.

Jason leía así en clase, hasta que descubrieron que tenía dislexia. Después ya no le hiceron leer en voz alta y le enviaron a la sección de Lectura Especial durante nuestra hora de lectura. También le mandaron allí durante la Educación Física. Y aquello no estaba bien; Jason llevaba el ba-

lón formidablemente. Pero su lectura era como la hora cómica. La señorita Carpenter no dejaba que nos riéramos. Cuando Jason salía a la pizarra para escribir algo, parecía como si escribiera de lado y empleaba cincuenta horas en hacerlo.

La madre de Jason, la señora Rabner, había dicho a

mamá que el niño había mejorado mucho desde que iba a

las clases especiales. Lo mejor de Jason era su madre. Ella

hizo todo lo posible para damos la bienvenida cuando mamá

y yo nos trasladamos allí en septiembre. Pero ya habíamos

cambiado muchas veces de barrio para saber que los primeros amigos no siempre son los mejores.

Rompí el sobre de John Beecham y envié el último a Jason Rabner. Las invitaciones venían en paquetes de ocho, pero yo había estropeado un sobre al escribir mal la palabra boulevard. Creí que deletreando todo en voz alta y escribiéndolo con tinta parecería más importante. Después de dos faltas, de las que sólo pude corregir una, escribí el resto con lápiz en vez de tinta y abrevié todo lo que pude, incluso Ohio.

Invitar a Jason fue un error. Incluso antes de comenzar la fiesta, porque llegó con quince minutos de adelanto. No me gustaba la idea de que todos llegaran y que jason pareciera compañero mío, algo así como si fuera de la familia.

Mamá nos sirvió pollo frito. El único que tenía verdadera hambre era Jason. Repitió tres veces. Todos deseábamos comenzar la fiesta y sólo comimos dos platos, para terminar antes. Jason rebañó el plato y lo llevó donde estaba mamá. Ella dijo: —Gracias, Jason, eres un caballero— Nadie quiso entender la indirecta. Yo miré a Dick, levanté todo lo que pude los ojos para que me viera sin que mamá entendiera el mensaje.

Cuando llegó el momento de soplar las velas, Jason cantó el Cumpleaños feliz con tal concentración que cuando llegó a Cumpleaños feliz, querido Stanley —Stanley soy yo—, su St… mojó el helado y sólo comimos un pequeño bocado. Menos Jason, claro está, que comió toda su ración. Volví a cruzar mis ojos con los de Dick.

Cuando terminamos de comer comenzó la fiesta. Yo había ya abierto todos los regalos cuando llegaron, por lo que nadie se dio cuenta. No creo que esto sea de mala educación. Pero las chicas (sus madres) sí lo creen.

El primer juego fue un concurso de pintura para ver quién pintaba mejor. Dibujamos niñas. Niñas mayores. Hicimos circular los dibujos. Como yo era el que daba la fiesta, tuve que hacer de juez. Dick retuvo el dibujo de Jason un buen rato antes de pasármelo, para que yo juzgara. Había algo horripilante en él. Concedí el primer premio a Dick: su dibujo era limpio y decidí que la limpieza debía tenerse en cuenta. Rompimos los dibujos y los arrojamos al cubo de la basura.

Después nos sentamos en corro en el suelo y jugamos a cartas. Jason comenzó a hacer el idiota. Quería perder. Tiraba sus cartas diciendo cosas como “Por fin, creo que lo tengo.” Sólo tenía una miserable pareja de cuatros. Después quiso tirar sus M y M. Esto era lo que nos estábamos jugando. Los pasteles en forma de M y M que mamá había puesto en las copas de la fiesta. Jason tenía sólo diez marrones y eran las que menos valían. Dick había comprado una roja por cinco marrones y una amarilla cuando mamá interrumpió el juego. Le dije que no jugábamos dinero. Sí, pero era juego. Tenía razón. También era desordenado. Alguien pisó mis ganancias.

—Es hora de ir a la cama —dijo ella.

Pusimos todos los muebles en el desván y extendimos los sacos de dormir. Era el momento de contar cuentos de fantasmas, pero la verdad es que nadie supo contar un cuento de miedo, es decir, contarlo bien al menos. Todos decían uuu… iii…, pero nada realmente terrorífico. Explicamos chistes llenos de palabras fuertes; conté uno que había oído

a mi padre. Todos se rieron. Me quedé descansado, porque si alguien me hubiera preguntado qué significaba, hubiera tenido que inventar. Pero, o no lo entendieron o nadie quiso hacerse el preguntón.

Mamá y papá venían por tumos a mandamos callar y dormir. Jason fue el primero en hacerlo. Por lo menos no roncaba. Por la mañana, antes de que saliera el sol, todos estábamos ya dispuestos a desayunar.

Todo el mundo estaba mucho más dispuesto que mamá. Se puso un hermoso vestido y se maquilló muy bien, pero yo sabía lo que había debajo de esto.

Mamá nos preparó huevos con jamón, dos clases distintas de cereales y jugo de naranja. Dijo que cada uno tomara un plato y se sirviera. Casi nos quedamos sin jamón después de que Jason llenara su plato. Casi. Mamá dijo que podíamos jugar en el jardín hasta que las madres vinieran a buscar a los niños.

Uno a uno se fueron marchando. Dos llamaron a su madre, recordándole que estaban allí. Jason, naturalmente, no llamó a su madre. La madre de Dick había telefoneado diciendo que llegaría tarde porque tenía hora en la peluquería, como todos los sábados. Dijo que lo recogería cuando volviera a casa, si esto no era molestia para nosotros. Yo recibí la llamada y le dije que estaba bien.

Pero ya iba siendo la hora de que la madre de Jason viniera, y así poder jugar un rato a solas con Dick. Imagino que ella no tendría demasiadas ganas de que él regresara. Tuve que ayudar a mamá a poner los muebles otra vez en su sitio; mientras, Dick y Jasoñ miraban números atrasados de revistas.

Cuando terminé le pregunté a Jason si quería llamar a su madre. —Marcaré yo los números de teléfono —le sugerí. Jason no pareció entusiasmarse.

Cuando terminé de llamar, Jason y Dick estaban aún sentados. Jason tenía uno de los cartones en los que habíamos dibujado niñas la noche anterior. Estaba escribiendo algo cuando llegó su madre. Saqué su saco de dormir, y encontré a la señora Rabner a medio camino. Pensé que era mejor evitar que entrara, porque si lo hacía, tomaría café con mi madre y Jason se quedaría más rato.

Dick se despidió de Jason y le dijo que le había gustado hablar con él. Jason también se despidió y nos dio las gracias a mi madre y a mí. Por fin, se marchó. Le dije a Dick:

—Qué pesado es este Jason.

Así daba paso a que Dick continuara la crítica.

Dick dijo:

—Sabes, la dislexia hace que las cosas salgan de manera distinta. Yo le leí el cuento del astronauta y mira cómo lo escribió él.

Miré lo que Jason había escrito:

Migagon hacia abajo y desembargarong.

Todo pagecía muy bieng. Así que todogs los hombregs…

—No sabe deletrear —dije yo.

Dick miró otra vez el párrafo.

—Su forma de escribir parece mejor que lo que escriben en las revistas sobre astronautas —comentó.

—Es una forma de ver las cosas —repliqué.

—Sí… —añadió Dick— Y éste es el dibujo que le pedí que hiciera. ¿No te parece que es así cómo deberían ser los dibujos de la Luna?

—Quizá —dije—, pero te aseguro que no lo colgarán en ningún museo.

—No en un museo terrestre —explicó Dick.

Cuando la madre de Dick fue a buscarle, yo estaba harto de fiesta. Mamá me hizo cargar los envases vacíos en un carrito.

—¿No estás contento, después de todo, de haber invitado a Jason? —me preguntó.

Yo le contesté:

-¡NO!

Era lo mismo que hubiera dicho antes de la fiesta. Sólo que las razones hubieran sido distintas.

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