Las bromas de Juan el Chinche

By on 4-27-2014 in 3 - Niños de Todo el Mundo, Europa

recopilado por G. Manrique de Lara Ilustraciones de Antonio Dalmau

Juan era un chico ingenioso, divertido, bromista, el gallito de la calle. Con sus ojos de pilluelo y su gorra de medio lado como un chulín, dejaba tras sí rastros de sus diabluras. Por eso se le apodaba El Chinche.

Le divertía ser el tormento de los demás chicos de la vecindad. Les echaba la zancadilla. En los días de fiesta les manchaba los vestidos y hasta zurraba la badana al que no se sometía a su imperio.

Las abuelitas, las nodrizas, las niñeras lo ahuyentaban de su lado como a un diabólico duende. En los parques infantiles, los guardas le vigilaban como enemigo de la pública tranquilidad.

Juan el Chinche era el manzanillo de sus camaradas en la escuela. Ninguno se atrevía a acusarle, pero sus travesuras quebrantaban la disciplina y pagaban justos por pecadores. Sin embargo, aparecía ante el maestro como si fuera un santito.

Se les comía el bocadillo a los niños bonitos y les escupía en la mano. Metía grillos en las carteras de sus compañeros y a la hora de sacar los cuadernos se armaba la marimorena. Era un experto en disparar pelotillas con los dedos con supremo disimulo.

 

 

Un día el maestro reunió en torno al estrado a los alumnos de la primera sección para tomarles la lección de ortografía.

—”Se escriben con be los verbos que terminan en bir menos hervir, servir y vivir” —recitó el alumno primero de la clase.

En aquel preciso instante dio un salto y se echó mano a la pantorrilla.

—Le ha picado una mosca —exclamó un compañero.

—”Se escriben con uve los adjetivos que terminan en ave, avo, evo, como octavo, suave, nuevo” —continuó diciendo el alumno de turno.

Al terminar de pronunciar la última palabra, dio un salto sorprendente y se echó mano a una pierna, exclamando dolorido:

—¡Ay! Me ha debido picar una avispa.

Serenados los ánimos, el maestro que había tomado a indisciplina las piruetas de sus alumnos, gritó con energía:

—¡Orden! ¡Orden! ¡Silencio absoluto!

—”Los nombres que empiezan con bu como búfalo, o con bi como biblioteca se escriben con be, menos vuelo y vuestro, que se escriben con uve.”

En este momento pegó un bote formidable hacia atrás y se echó mano a la cadera.

—¡ Ay t Me ha debido picar una mosca borriquera.

La alarma cundió entre los escolares. El maestro se levantó de su asiento a comprobar si era una treta de sus alumnos para interrumpir la lección. Mas, apenas cambió de postura, dio un salto de rana sobre la tarima del estrado, se echó mano a una pierna y exclamó desconcertado:

—¡Caramba! Como si me hubiera picado un escorpión.

Con el consiguiente regocijo de los colegiales, cada uno ocupó su pupitre entre risas y se dio por terminado el divertido incidente.

Pero, antes de salir aquel día de la escuela, ya se había

descubierto al autor de la ingeniosa travesura sin que nadie se atreviera a acusarle.

Había sido Juan, que aquel día no se sabía la lección. Con un finísimo alfiler en la punta del zapato, manejado el pie con destreza, disolvió la reunión antes de que le llegara el tumo de repetir las reglas de ortografía.

Semejante osadía escandalizó a sus compañeros. Los de mejor humor rieron el incidente. Mas los que habían sido protagonistas de la escena comentaron entre sí:

—Nos la tiene que pagar. Hay que pensar algo que sirva de escarmiento a ese bribón.

Una mañana, Juan entró en la clase. Dejó la gorra en la percha y se sentó en su pupitre. Su compañero de banco le dijo:

-¿Qué te pasa, Juan, que tienes los ojos hinchados?

El aludido se restregó los párpados y sintió un agudo dolor.

El encargado del orden en la clase se le acercó y le preguntó :

—¿Qué te pasa, Juan, que tienes la cabeza hinchada como un bombo?

Este se llevó las manos a la cabeza y empezó a estremecerse de angustia.

—¡Ay! —exclamó—, parece que los ojos me hacen ver visiones. No veo, no veo.

Entonces, se pidió permiso al maestro para que el enfermo se retirara. Concedido el permiso, fue a ponerse la gorra y no le entraba en la cabeza.

—¡Ay de mí! —gritó—. ¡Se me saltan los sesos!

Frente a la escuela había una clínica, y allí llevaron al enfermo. Juan entró aturdido a la sala de visitas.

—¡Doctor, doctor! —gritaba angustiado—. Atiéndame enseguida, que se me saltan los sesos

—¡Cálmate, cálmate! —contestó el galeno-. Procuraré quitarte ese dolor que te enloquece.

—¿ Pero no ve usted que tengo la cabeza hinchada ? ¿ No ve que se me saltan los ojos?

El doctor exploró a Juan y cada vez que le tocaba en la cabeza daba gritos lastimeros.

—¡Pero si no tienes nada en la cabeza! ¿De qué te quejas? Anda, anda, vete a tu casa, que sufres una alucinación.

Juan, acongojado, salió para su casa. Por el camino lloraba como una Magdalena. Al verlo, las gentes exclamaban:

—¡Pobrecillo! ¡Cómo lleva la cabeza! Se morirá sin remedio.

Su madre se alarmó atrozmente al contemplarle en aquel estado. Le acostó enseguida y le aplicó algunos remedios caseros.

Como se agravaba el enfermo, avisaron al médico de

cabecera para que acudiera con urgencia. Llegó el doctor y un alumno de la escuela le advirtió:

—Examine usted la gorra de Juan.

Cuál sería la sorpresa del médico al comprobar que tenía el forro cosido para achicarla. El doctor soltó una sonora carcajada.

-¡Ya está, ya está, Juan! -gritó el galeno-. ¡Ya he averiguado la causa de tu dolor! Ponte la gorra y verás cómo se te ha deshinchado la cabeza.

El aludido abrió los ojos, se puso la gorra, se la caló hasta las orejas y saltó de la cama gozoso. Echó a correr y entró en la escuela, donde sus compañeros le recibieron regocijados, informándole de la broma.

Desde entonces Juan no volvió a burlarse de sus ca-

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