Los tesoros de Farfounet

By on 4-27-2014 in 3 - Niños de Todo el Mundo, Europa

por Maurice Jean Ilustraciones de André Francois

Si quieres saber dónde está situado el pueblo en que vive Farfounet, no te será difícil encontrarlo.

1)    Prepara unas banderitas con agujas.

2)    En un mapa de Francia, coloca una en Bayona, famosa por sus jamones, y otra en Givet, la capital de los clavos. Luego, con mucho cuidado, traza una línea recta entre estas dos ciudades.

3)    Después, clava una tercera banderita a mitad de camino entre Bayona y Givet, y verás dónde está situado el pueblo de Farfounet.

Sin hacer mucho ruido, coge un mapa de Francia, tu sombrero, una brújula y un telescopio, y te vas allí en moto, en coche, en tren, en helicóptero, en un jet o, sencillamente, en bicicleta.

Como no sé muy bien cómo se escribe, y te pido perdón por ello, prefiero no dar el nombre del pueblo. No es un detalle muy importante.

Mira por el telescopio, y tan pronto como veas una colina con tres docenas de casas bajas —ni una más ni una menos— alineadas a lo largo de una única calle, al pie de una vieja fortaleza —un cháteau—, te dirás: “Ya he llegado.”

Si tienes todavía alguna duda, busca el río que hace un meandro al extremo del valle, los tres olmos de la plaza

frente a la iglesia, la fuente delante de la forja del herrero y la elegante y moderna escuela, al lado del campo de fútbol.

Después, vuelves a poner la brújula en el bolsillo, y mandas a tus padres, amigos y conocidos este telegrama:

LLEGADO SANO Y SALVO AL PUEBLO DE FARFOUNET / STOP / MUCHOS BESOS DE…

(Pon después tu dirección y firma.)

Pero se me ocurre ahora que, sin duda, te estás preguntando en este momento: “¿Quién podrá ser este Farfou-net?” Porque este nombre puede ser de un gato, un chico, una alondra o un erizo.

¡Muy bien! La pregunta demuestra que tienes sentido común. Y yo debía haberla contestado al principio.

Feliz como la alondra, vivaracho como un niño, juguetón como un gatito, tan bien peinado como un erizo, Far-founet es un niño muy amable, y estoy seguro de que me darás las gracias por habértelo hecho conocer.

Los habitantes del lugar, gente muy amable, tendrán mucho gusto en facilitarte la dirección.

¿La casa de Earfounet? Sigue adelante. Está detrás del bosquecillo. Ve directamente a la granja, en la que verás una parra que trepa por la pared, la jaula de un pichón, un corral con un caballo negro que patea el suelo, seis vacas blancas mugiendo en el establo y un tractor de un rojo llameante en el granero.

Este es el sitio. No tiene pérdida.

El propio Farfounet abrirá la puerta y te dará la mano, como a un viejo amigo. Entonces, probablemente te dirá:

—¿Farfounet? Sí, todo el mundo me llama así. Porque al parecer soy un diablillo, muy malo y muy ruidoso.

Si le dices que tú también eres uno de estos muchachos que son unos diablillos, malos y ruidosos y que, en tu opinión, esto está muy lejos de ser una desgracia, ya no tendrás que rogarle que te muestre sus tesoros.

El motivo de su buena disposición es que no necesita tenerlos enterrados en las profundidades de una caverna o encerrados en una caja fuerte. (Si la caverna se hunde o pierdes la llave de la caja fuerte, ¿qué ocurrirá? ¡Acuérdate de esto!).

Para conservar sus tesoros, Farfounet los lleva siempre en los bolsilos de los pantalones.

¡Creedme, amigos, no se trata de bolsillos corrientes! Pesados, hinchados, llenos hasta reventar, hacen un bulto enorme en cada pierna y le dan una importancia que, a primera vista, sorprende.

—No son bolsillos, son camionetas —gruñe el padre.

—¡I£a gente va a creer que el niño es deforme! —exclama la madre.

Las personas mayores no pueden comprender ciertas cosas…

Pero veamos las maravillas que se encuentran en su bolsillo izquierdo: una pinza de tender ropa, un clavo de herradura (no confundirlo con un bastón de mariscal), un tapón de botella de champán, una piedra de afilar (en forma de huevo), un pito de madera, tres castañas (para hacer figuritas con ellas), media docena de cerillas usadas (para los brazos y piernas de las figuras), una rama en forma de horca (para hacer un tirador de chinas), un trozo de goma de

neumático de bicicleta (para hacer el tirador), un botón de un abrigo, un ovillo de cordel y un imperdible.

Admiremos ahora las riquezas que nos ofrece su bolsillo derecho: un pañuelo blanco (ya no tan blanco), un caracol (envuelto en el pañuelo), cuatro cristales de mármol, una navaja de seis hojas (de las que sólo queda una), una bobina (vacía), un lápiz de color azul, un puñado de habichuelas (municiones para el futuro tirador), la montura de unas gafas (sin cristales, pero excelentes para mirar la estrella polar por la noche), un reloj sin manecillas (pero con muchos engranajes interesantes en el interior), la campanilla de un arnés (un poco rota, pero que aún hace din-din) y un metro de carpintero (muy útil, aunque está casi completamente roto).

¿Vas a encogerte de hombros ante todo esto?

No. Estaba seguro de que no lo harías.

Por la expresión de tus ojos, veo que no eres uno de estos que se quedan boquiabiertos mirando perlas, diamantes, rubíes, esmeraldas, topacios y otros artículos sin precio que se encuentran en los tesoros ordinarios.

Tú prefieres los tesoros de Farfounet.

Aunque sus bolsillos son grandes, profundos, no pueden contener todas las riquezas que posee. La cartera de la escuela le sirve para guardar las cosas de mayor tamaño.

Esta mañana, por ejemplo, arates de salir hacia la escuela, ha puesto en ella, además de los libros y cuadernos, su tortuga, Adela, del tamaño de una nuez verde, y su pichón domesticado, Lustucru. (No te preocupes por Adela y Lustucru. Están acostumbrados a esto y Farfounet es muy bueno con ellos.)

Por curiosidad, sigámosle un ratito en el camino a la escuela. Va con una gran sonrisa. A su espalda, Lustucru va haciendo rruu, rruu. Adela, contenta de ir a aprender algo, se frota contra el cuero de la cartera mientras va mordisqueando un poco de lechuga.

Como Farfounet necesita tiempo para hacer las cosas, la gente imagina que es perezoso. Nada de esto. Su mente está siempre despierta y sus ojos no paran de mirar de derecha a izquierda. Tiene tantas cosas que descubrir en este mundo tan largo y tan ancho…

Ayer fueron unos copos de nieve, un grillo vestido de negro y un ciervo volante con cuernos como un demonio.

Hoy quizá sea un sapo rojizo, una familia de renacuajos o una colina cubierta de margaritas.

Y mañana, pasado mañana, todos los días, hará nuevos descubrimientos: un puñado de avellanas silvestres, un gusano dorado, un lagarto gris, una mariquita, unos hongos silvestres…

¡Ah! ¡Si todos los que van enfrascados en sus pensamientos, sin ver nada, supieran , los maravillosos juguetes que se pueden hacer con un pedazo de corteza de abeto, un trozo de alambre y tres plumas de gallina!

Farfounet sabe todo esto.

Por esto le ves, a lo largo del camino, hurgando en las cosas, buscando lo oculto, poniendo todo patas arriba, coleccionando, sin dejar que nada le interrumpa.

A veces la señorita le reprende.

—Esto es terrible, Farfounet. ¡Vacía los bolsillos!

Farfounet perdona a la señorita. Ni la mejor maestra puede entenderlo todo. Prudentemente, saca sus tesoros a la vista de todo el mundo.

—¡Un caracol! ¡Oh, qué asco! ¡Y todas estas tonterías!

Con la cabeza baja, nuestro estudiante deja que pase la tormenta. La señorita no ha pensado en mirar en la cartera. Adela y Lustucru están a salvo; esto es lo importante.

Farfounet se ríe para sus adentros.

Fíjate ahora cómo se demuestra que tiene razón.

El tapón de la botella de tinta se ha perdido ¿Dónde se puede encontrar otro?

¡En el bolsillo de Farfounet!

¿La señorita quiere colgar de la pared el mapa para ilustrar la lección de Historia? La pinza de tender la ropa de Farfounet o el clavo de herradura servirán perfectamente para aguantar el mapa.

Un clavo mal clavado de un asiento amenaza con romper la ropa de alguien. La piedra de afilar de Farfounet servirá de martillo.

Verás como en la lección de matemáticas la maestra no pensará mal de la regla de carpintero, del rollo de cuerda, las nueces, los cuatro cristales de mármol o el puñado de habichuelas.

Durante los quince minutos del recreo, la distraída señorita, que ha olvidado el silbato, tendrá incluso que pedir prestado el silbato a su alumno.

Pero debemos ser justos. La señorita ha besado a Farfounet en ambas mejillas.

Inclina la cabeza un poco modestamente, pero su sonrisa se ensancha.

Ahora, dime, ¿quién, en este momento, puede reñirle por buscar entre las cosas, tratar de encontrar lo escondido, registrarlo todo, recogerlo todo, sin dejar que nada le interrumpa ?

De pronto, al sonar las doce, comienza a llover. Una de estas lluvias con pedrisco que a veces caen sobre esta parte de Francia, situada —no lo olvides- a mitad de camino entre Bayona y Givet, a vuelo de pájaro.

La escuela está al final del pueblo. Con este tiempo y sin impermeable, te calarías hasta los huesos antes de llegar a casa. ¿Qué se puede hacer?

Niños -dice la señorita-, tendréis que esperar.

Todos se ponen tristes. Los estómagos están hambrientos. No es cosa de broma. Entonces Farfounet levanta la mano.

—Señorita, tengo una idea.

—Oigámosla.

Nuestro amigo agita una hoja de papel.

—Mire lo que he escrito.

Papá,

si no vienes a buscarnos con el camión,

nos resfriaremos.

Farfounet

-Muy bien -dice la señorita—. Pero, ¿ quién va a llevar la carta ?

—Lustucru, desde luego.

—¿Lustucru?

Farfounet saca el pájaro de la cartera, y éste agita las alas. Lustucru parece alegrarse de hacer ejercicio.

Toda la clase se echa a reír y la maestra no tiene valor de regañarle.

Con una goma, Farfounet ata la carta, doblada, a una de las patas del pájaro. Abre la puerta, da besitos a su pájaro en la cabeza y le dice, antes de soltarlo bajo la lluvia:

—Date prisa, Lustucru.

—¡Qué chapucero es este Farfounet! —exclama la señorita con aire de enfado.

Pero nuestro mañoso picaro sabe que esto lo dijo como chiste y que a la maestra le gustaría darle un beso.

Unos minutos más tarde, el padre de Farfounet llega a la escuela con su camión.

Lustucru desempeñó bien su cometido de paloma mensajera. Inmediatamente se posó en el hombro del padre de Farfounet, quien en seguida vio el mensaje atado a la pata del pájaro y no perdió tiempo en ir a la escuela con el camión.

En un abrir y cerrar de ojos, abre la puerta trasera del camión y grita alegremente:

—¡Todos arriba!

La señorita se sienta junto al conductor, con Farfounet entre los dos.

Farfounet no es pedante, pero ahora no cambiaría este sitio de honor por el trono de un rey.

El camión deja a cada niño de la escuela delante de su casa.

—¡Comed bien, amigos! ¡Nos veremos mañana!

Le llega el turno a la señorita. Al bajar, da las gracias al conductor y le dice a Farfounet:

—Sin tu idea, probablemente hubiera cogido una bronquitis.

Nuestro héroe sonríe.

Cuando el camión va a arrancar, se inclina hacia la ventana, y exclama de pronto:

—Un momento, papá. ¡Sólo un momento!

Rápidamente, abre la puerta, salta a la calle, llena de charcos, y se inclina.

—¿Qué cree usted que habrá visto? —gruñe el padre.

—¿Qué demonios está excavando?

—¡Señorita! —grita Farfounet.

La maestra se vuelve.

—¿Qué pasa, Farfounet?

—¡Mire, señorita!

Sin pensar siquiera en la lluvia que corre por su cara feliz, corre hacia la señorita y le ofrece, en la palma de su mano extendida, una ranita.

—¡Llueve, hay humedad, es día de fiesta para ella! Se la regalo.

Los ojos de Farfounet brillan con tal placer que la señorita no puede decir que no. Toma la ranita en su mano, un poco a regañadientes. El animalito, pequeño y frío, parece bastante desagradable al principio. Después, curiosamente, se hace muy agradable, como un pajarito que se posa en la mano.

La señorita sonríe bajo el aguacero. Su corazón se llena de alegría.

Agita su mano saludando al camión, que empieza a arrancar, y sus labios se entreabren.

Pero su voz es tan bajita, que sólo ella sabe lo que dice:

—Gracias, mi buen Farfounet.

Premium WP Plugins
A %d blogueros les gusta esto: