Nils Karlson, el enanito

By on 4-30-2014 in 3 - Niños de Todo el Mundo, Europa

por Astrid Lindgren Ilustraciones de Non Wikiand

Todos los días, papá y mamá iban a la fábrica. Bertil quedaba solo en el piso. Mamá dejaba comida en la mesa para que Bertil comiera cuando tuviera hambre. Pero no era divertido comer solo. Sí, era muy aburrido estar todo el día solo, sin nadie con quien hablar.

¡ Si por lo menos el tiempo no pasara tan despacio! No sabía qué hacer. Ya hacía tiempo que se había cansado de los juguetes nuevos. Había mirado los dibujos de todos los libros de la casa. Todavía no sabía leer. Sólo tenía seis años.

Hacía frío en la habitación. Por la mañana papá había encendido el fuego de la chimenea, pero ahora, por la tarde, todo el calor se había ya esfumado.

Bertil tenía frío. Estaba anocheciendo, pero pensó que era inútil encender la luz. No había nada que pudiera hacer. Era todo tan triste que decidió tumbarse en la cama para

 

pensar. No siempre había estado solo. Antes tenía a su her-manita Marta. Pero un día volvió enferma del colegio. Estuvo en cama una semana. Después, murió. Lloraba al pensar en ella y en lo solo que ahora estaba.

Fue entonces cuando oyó unos débiles pasitos bajo la cama.

—¿Estará este sitio encantado? —se preguntó Bertil.

Se inclinó sobre el borde de la cama. Allí, debajo de la cama, había un niño, un niño como todos, pero tan pequeño como el dedo pulgar.

—Hola —dijo el enanito.

—Hola —dijo Bertil, un poco avergonzado.

—¿Qué tal? —continuó el pequeño.

Ninguno dijo nada durante un rato.

-¿•Quién eres? -preguntó Bertil-. ¿’Qué haces debajo de mi cama?

—Me llamo Nils Karlsson, el enano. Vivo aquí. Bueno, no debajo de tu cama exactamente, sino un poquito más abajo. Mira, allí, en el rincón, está la entrada de mi casa —dijo señalando una ratonera.

—¿•Hace mucho tiempo que vives aquí? —preguntó entonces Bertil.

—No, sólo unos días. Antes vivía en las raíces de un árbol, en el parque. Pero, cuando nieva, uno se harta de vivir al aire libre y quiere regresar a la ciudad. Tuve suerte al encontrar esta habitación. Es de un ratón que se ha trasladado a casa de su hermana, en Sódertálje. Por cierto, cada vez es más difícil encontrar un buen apartamento.

Sí, Bertil también lo había oído comentar.

—Alquilé la habitación sin muebles. Es lo mejor. Sobre todo si tienes muebles propios —explicó el enanito.

—¿•Los tienes? —preguntó Bertil.

—No, éste es el problema, no los tengo —dijo el enano, preocupado—. Brrrr, hace frío en mi cuarto, pero aquí arriba hace frío también —dijo estremeciéndose.

-Tienes razón -dijo Bertil-. Estoy a punto de quedarme helado.

—Tengo chimenea, pero no tengo leña —dijo el enano—. La madera está muy cara hoy en día. El pequeño enano dio unos saltitos tratando de entrar en calor.

—¿Qué haces durante el día? —dijo mirando a Bertil.

—Bueno, no gran cosa —dijo Bertil.

—Yo tampoco. Es muy aburrido estar solo, ¿verdad?

—Muy aburrido —afirmó Bertil con una expresión de tristeza en los ojos.

—¿Quieres venir a mi casa un rato? —preguntó ansiosamente el enanito.

—¿Crees que me puedo meter en este agujero? —dijo Bertil riendo.

—Es la cosa más fácil del mundo —explicó el enano—. No tienes más que tocar este clavo cerca del agujero y decir killempen. Entonces, te harás tan pequeño como yo.

—¿Estás seguro? —preguntó Bertil— ¿Y podré hacerme grande otra vez cuando vuelvan papá y mamá?

—Claro. No tienes más que tocar el clavo y decir killempen otra vez —explicó el enanito.

—Qué raro… ¿Puedes tú hacerte grande como yo? —preguntó Bertil.

—No…, desgraciadamente no puedo. Pero sería divertido que vinieras a mi casita un rato —dijo el enano.

—Muy bien —dijo Bertil. Se metió debajo de la cama, puso el dedo en el clavo y dijo killevipen. ¡Fantástico! Allí estaba, delante de la entrada de la ratonera, tan pequeño como un enano.

—Como te dije, me llamo Nils —dijo el enano, tendiéndole la mano— Ven, vamos a mi hogar.

Bertil sintió que estaba ocurriendo algo extraordinario. Estaba ansioso por entrar en el negro agujero.

—Cuidado con los escalones al bajar. La baranda está rota en un sitio —dijo Nils.

Bertil bajó con cautela por la escalenta de piedra. ¡Figuraos! No sabía que había una escalera allí. Llegaron delante de la puerta.

—Espera, encenderé la luz —dijo Nils. Abrió la puerta y

dio la luz.

—Todo está muy destartalado.

Bertil paseó la mirada por la desnuda habitación. Había una ventana y una pequeña chimenea en un rincón.

—Sí, podría ser más confortable —admitió.

—¿Dónde duermes por la noche?

—En el suelo —dijo Nils.

—Vaya… ¿no está frío? —preguntó Bertil.

-Ya lo creo que sí. ¡Está tan frío que tengo que levantarme y correr un poco cada hora para no helarme!

Bertil sintió pena por Nils. El por lo menos no sentía frío por la noche. De pronto tuvo una idea.

—¡Qué estúpido soy! —dijo— Puedo darte madera.

—¿ Crees de verdad que puedes dármela ? —preguntó ansiosamente Nils cogiendo el brazo de Bertil.

—¡Claro que sí! Lo malo es que no me dejan encender cerillas —dijo poniéndose triste.

—Esto no importa. Si tú consigues madera, yo la enciendo.

Bertil subió corriendo las escaleras. Tocó el clavo y… se había olvidado de lo que tenía que decir.

—¿Qué tengo que decir? —dijo Nils.

—¿Cómo? Killevipen, clarc —dijo Nils.

—Cómo, killevipen, claro —repitió Bertil tocando el clavo. Nada ocurrió.

—Hombre, sólo tienes que decir killevipen —dijo Nils desde abajo.

—Sólo killevipen —repitió Bertil. Tampoco ocurrió nada esta vez.

—¡Por Dios! —gritó Nils—. No debes decir más que killevipen.

Finalmente, Bertil entendió. Dijo killevipen y creció a su estatura normal.

Fue todo tan rápido que se golpeó la cabeza con el borde de la cama. Se arrastró debajo de ésta y salió corriendo hacia la cocina. Allí encontró gran cantidad de cerillas usadas. Las rompió en pedacitos y las amontonó al lado del agujero de la ratonera. Se hizo otra vez pequeño y llamó a Nils, pidiendo ayuda. Ahora que era pequeño, no tenía fuerza para llevar los trocitos de cerillas.

Nils llegó corriendo y los dos llevaron la “leña” escaleras abajo, a la habitación, junto al fuego. Nils era tan feliz, que saltaba de júbilo.

—Buena madera —dijo— De veras que es buena.

Llenó la chimenea y apiló el resto en un rincón.

—Ahora voy a enseñarte algo —dijo. Se sentó en cuclillas delante de la chimenea y sopló. Inmediatamente, los trocitos de cerillas comenzaron a chispear y a arder.

—¡Qué práctico! Así debes ahorrar muchos fósforos — dijo Bertil.

—Ya lo creo —dijo Nils.

—Qué fuego tan bonito. Bonito de verdad. No había entrado en calor desde el verano pasado —dijo Nils.

Se sentaron en el suelo, delante de las llamas chispeantes, y extendieron sus manos heladas hacia el agradable hogar.

—Nos sobra mucha madera —dijo Nils feliz.

—Y cuando se termine, podemos tener la que queramos —dijo Bertil sonriendo.

—Esta noche no tendré tanto frío —dijo Nils.

—¿Qué comes tú? —preguntó Bertil poco después.

Nils se ruborizó.

—Bueno, un poco de todo —dijo vacilando—. Todo lo que encuentro.

—¿Qué has comido hoy?

—Hoy…, hoy no he comido nada; por lo menos que yo recuerde.

—Debes tener un hambre espantosa —exclamó Bertil.

—Sí. Un hambre terrible —dijo Nils.

—¿Por qué no me lo has dicho, tonto? Voy a buscar algo que comer ahora mismo.

Bertil estaba ya a mitad de las escaleras. Rápidamente dijo killevipen. Corrió a la despensa. Cogió un poquito de queso, un pedacito de pan sobre el que puso un poco de mantequilla, una albóndiga y dos granos de uva. Apiló la comida cerca del agujero, se hizo otra vez pequeño y llamó a Nils para que le ayudara a bajar la comida.

No había por qué gritar, porque Nils estaba allí, esperándole. Lo llevaron todo abajo. Los ojos de Nils brillaban como estrellas. La albóndiga era casi tan grande como él. Comenzaron a comerla, cada uno por un lado, para ver quién llegaba antes al centro. Fue Nils quien ganó.

Nils quería guardar el queso.

—Cada mes tengo que darle un trozo de queso a la rata, como alquiler. De lo contrario, me deshaucia.

—Ya nos ocuparemos de esto —dijo Bertil— Vamos, cómete el queso.

Cada uno mordisqueó un grano de uva. Nils dijo que iba a dejar la mitad de la uva para el día siguiente.

-Así tendré algo que comer cuando me levante — dijo—. Voy a estirarme delante del fuego —continuó.

De pronto Bertil exclamó:

—¡Claro! Se me ha ocurrido algo maravilloso.

Desapareció escaleras arriba como un rayo.

Transcurrió algún tiempo. Después, Nils oyó a Bertil que le llamaba.

—¡Ven, ayúdame a llevar la cama!

Nils corrió escaleras arriba. Allí estaba Bertil, con la ^ • mas bonita camita blanca imaginable. La había cogido de la vieja casa de muñecas de Marta. La muñequiía dormía en la camita, pero Nils no necesitaba nada más.

—Te he traído un trozo de algodón para que duermas

sobre él y un pedazo de franela que mamá usa para remendar los pijamas. Puede servirte de manta.

—¡Oh…! —exclamó Nils, sin que pudiera decir nada más. Al cabo de un rato, dijo:

—Nunca he dormido en una cama. Me gustaría mucho irme a la cama ahora mismo.

—Claro, ¿por qué no? —dijo Bertil— Mamá y papá llegarán de un momento a otro. Tengo que dejarte de todos modos.

Nils se desnudó rápidamente, corrió a la cama, se hundió en el algodón y se tapó con la manta de franela hasta las orejas.

—¡Oh! Estoy tan bien, y tan caliente. Y tengo tanto sueño…

—Buenas noches, mañana volveré —dijo Bertil.

Nils ni le oyó. Se durmió enseguida.

Al día siguiente, Bertil esperó impaciente que sus padres se marcharan. Normalmente Bertil se quedaba en el vestíbulo y decía adiós con cara triste. Pero no ocurrió asi aquel día. Tan pronto como se cerró la puerta, se arrastró debajo de la cama y se fue abajo, con Nils. El enanito ya se había levantado y había encendido fuego en la chimenea.

—No te importa, ¿verdad? —preguntó.

—¡Claro que no! Puedes hacer tú mismo todo el fuego que quieras.

Después miró la habitación y dijo: —Nils, siéntate allí al lado de la escalera y tendrás una sorpresa. Tápate los ojos. ¡No mires!

Nils se tapó los ojos. Oyó que Bertil hacía mucho ruido

en las escaleras.

-Ahora ya puedes mirar -dijo Bertil.

Cuando Nils abrió los ojos vio delante suyo una mesa, un armario rinconero, dos sillones y dos taburetes de madera.

-Pero… Yo nunca lo hubiera soñado… ¿Eres un mago?

No, claro que Bertil no era un mago. Todos aquellos objetos pertenecían a la casa de muñecas de su hermana. También había traído una alfombra. Primero extendieron la alfombra. Cubría casi todo el suelo.

—¡Qué cómodo parece todo! —exclamó Nils.

Y mejoró incluso cuando colocaron el armario en el rincón, la mesa en el centro, con los dos sillones y los dos taburetes frente al fuego.

—Imagínate, alguien que puede vivir de este modo, así, tan elegante —dijo Nils casi con reverencia.

Bertil también pensaba que aquello era elegante. Más elegante que su propia casa, allá arriba. Se sentaron en íos sillones y se pusieron a hablar.

—¿Por qué no tomamos un baño? —sugirió Bertil.

Cogió un plato de mermelada y lo llenó de agua, limpia y caliente. Dos trocitos de toalla vieja servirían para secarse. Rápidamente se quitaron las ropas y saltaron ambos a la bañera.

Fue maravilloso.

—Ráscame la espalda, por favor—dijo Nils.

Bertil así lo hizo. Luego fue Nils el que rascó la espalda de Bertil.

 

Se echaron después agua el uno al otro. Se envolvieron en las toallas y se sentaron en los taburetes, frente al fuego, charla que te charla. Bertil fue arriba a buscar un poco de azúcar y una manzana que asaron al fuego.

Bertil se acordó de repente que mamá y papá regresarían pronto. Se apresuró a ponerse la ropa. Nils también hizo lo mismo.

—¿Por qué no subes conmigo? —dijo Bertil— Te puedes esconder en el bolsillo de mi camisa, para que papá y mamá no te vean.

—Es una buena idea. Estaré más quieto que una rata —dijo Nils.

—Pero ¿qué es esto? Tienes el cabello mojado, Bertil -dijo mamá cuando la familia se sentó a cenar.

—Sí, he tomado un baño —respondió Bertil.

—¿Un baño? ¿Dónde te has bañado?

—Aquí —dijo Bertil señalando el plato de mermelada.

Papá y mamá pensaron que estaba bromeando.

—Qué divertido ver al niño otra vez de buen humor —dijo papá.

—Sí, pobrecito —dijo mamá—. Siento mucho que tenga que quedarse solo en casa todo el día.

Bertil notó que algo se movía dentro de la camisa. Algo cálido. Algo muy cálido.

—No te preocupes, mamá —dijo Bertil—, porque me divierto mucho cuando estoy solo.

Entonces, puso el dedo dentro del bolsillo de la camisa y acarició suavemente a Nils Karlsson, el enano.

31 Comments

  1. Mil Gracias por este trabajo, había buscado tanto estos libros,
    Este es mi cuento preferido!!!!!

  2. Me encantan! También los busque mucho, muchas gracias! 🙂

  3. ¡Uno de mis cuentos preferidos!

  4. Mi cuento favorito de la infancia!!!

  5. Es el mejor cuento de los mejores que he leido

  6. Mi cuento favorito Francisco Hidalgo

  7. Magaly Vergara Oriel Zambrano Vergara

  8. Fue tambien uno mis favoritos!!

  9. Maria Nelly Olaya Rincon te acuerdas de este cuento?

  10. el mejor cuento del libro,,,,gracias,,,,

  11. Quien no soñó con dormir en aquella camita con algodones?

  12. Me encanta! Es mi cuento favorito. Lo leí mil veces! Pensaba que a mí era a la única que le gustaba este cuento… y debo aceptarlo, me dió un poco de celos al ver los comentarios de todos, pero en el fondo me alegra saber que otras personas opinan lo mismo de este cuento hermoso.
    Gracias por compartirlo!

  13. Que emoción este era mi cuento favorito, lo leí mil veces y ahora el poder volverlo a leer llena mi mente de mucha alegría. Gracias Manuel por tan excelente labor. Dios te bendiga

  14. Que Bueno Haberme encontrado esta web, yo crecí con esta enciclopedia, y me encanta, que rico poderla tener de nuevo, ya que donde mis padres esta física pero como vivo aparte ya no tenia acceso a ella.

  15. Me despierto un domingo muy temprano y ya no recuerdo xq empece a googlear el mundo de los niños y llego a esta pagina,,, q monton de recuerdos q linda historia. Gracias a la tecnologia y a ti por tomarte el tiempo de compartir.

  16. Tantos recuerdos… que nostalgia! Este cuento fue parte de una de las mejores etapas de mi vida, yo crecí con esta enciclopedia. Estando muy chica soñaba con poder encontrar a Neils Karlson bajo mi cama y dormir en aquella camita con algodón.

  17. Antes de darse cuenta del número de comentarios, puede deducirse que es el relato más popular de la colección. El sentido fantástico del cuento; como típica narración nórdica imaginativa, llega facilmente a cautivar. También tiene su toque especial ese trasfondo social que en forma parcial se percibe sobre la suecia actual donde los padres muchas veces por el trabajo se distancian de los hijos.

    De los mejores relatos. Aunque mi favorito sigue siendo el Iraní Después del invierno, Este me parece sobresaliente sin duda y es comprensible que muchos afirmen que es el mejor. Saludos.

  18. La última vez que leí este cuento creo que tenía 11 años…es increíble la sensación de alegría al poder leer este cuento de nuevo, recordar mi infancia, era mi cuento preferido. Mil gracias por este trabajo!!

  19. Que belleza,mis recuerdos de la niñez y le cuento los cuentos a mi hija y gracias a ti ahora puede ver las ilustraciones Bendiciones !

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