Raimi y la pequeña marmota

By on 4-30-2014 in 3 - Niños de Todo el Mundo, Europa

por Lilli Koenig Ilustraciones de Susi Weigel

Las marmotas tienen el cuerpo grueso, cola corta y orejas pequeñas. Comen plantas. Viven en la tierra dentro de cuevas formadas por rocas, en las laderas de las montañas.

El pequeño Raimund, a quien todo el mundo llamaba “Raimi”, estaba sentado sobre la suave hierba cuidando las ovejas de la granja Holz. Cuando las ovejas pacían tranquilamente, no ofrecían ningún problema. De vez en cuando una gran piedra rodaba montaña abajo, produciendo un fuer-te estrépito. Rum, rum, rum. Entonces las ovejas se escapaban en todas direcciones. Pero pronto regresaban. Raimi cuidaba del rebaño todo los días desde muy temprano hasta la noche.

Nunca se aburría. En aquellas montañas, dondequiera que mirara, siempre había algo que ver.

Por ejemplo, podía ver unos montones de piedras bajo los cuales las marmotas construían sus cuevas. Las marmotas salían y luchaban entre ellas, o se sentaban sobre sus patas traseras, mordisqueando la jugosa hierba. Pero en cuanto Raimi avanzaba hacia ellas para verlas mejor, huían a sus cuevas.

Una hermosa mañana de verano, Raimi descansaba sobre la hierba, contemplando las marmotas.

Le gustaría tener unos prismáticos, como los que el guardabosque amigo suyo llevaba alrededor del cuello. Siempre que el guardabosque le dejaba mirar por ellos, Raimi se sorprendía de lo cerca que parecían estar las cosas lejanas. Si tuviera unos prismáticos, podría ver mucho mejor lo que hacían las marmotas. Pero era absurdo pensarlo. Para comprarlos tendría que ahorrar durante tres años todo el dinero que le pagaba el granjero Holz.

De pronto, las marmotas comenzaron a gruñir, produciendo unos chillidos agudos, que Raimi nunca había oído. Olvidó sus sueños fantásticos. En un abrir y cerrar de ojos, las marmotas desaparecieron dentro de sus cuevas.

Raimi vio una sombra enorme, de color gris oscuro, que cayó exactamente sobre el sitio donde las marmotas estaban hacía sólo un segundo. Se puso de pie de un salto y empezó a agitar sus manos mientras gritaba con toda la fuerza de sus pulmones. Allí estaba lo que había asustado a las marmotas. Un águila real volaba sobre él. Los gritos de Raimi y el movimiento de sus brazos la alejaron. El águila describió unos cuantos círculos y finalmente desapareció tras el pico de la montaña.

Con sus pies desnudos, cuyas plantas eran tan duras como la suela de unos zapatos debido a las caminatas que daba, Raimi corrió sobre piedras y guijarros hacia la guarida de las marmotas. Allí, entre un montón de piedras, encontró algo pequeño, lleno de sangre y heridas, que no había podido escapar.

Por primera vez Raimi veía de cerca una marmota.

Era muy pequeña, apenas del tamaño de un conejillo. La marmota miraba a Raimi con sus ojos negros, ansiosos, descubriendo sus dientes. Rápidamente Raimi la envolvió con su pañuelo y a toda prisa corrió a la granja.

Cuando el mozo del establo vio la marmota herida, dijo a Raimi:

—Será mejor que la mates.

Raimi se enfureció.

—La curaré —le respondió, y salió corriendo.

En un viejo cesto Raimi hizo un lecho de paja y puso dentro a la marmota. Después le dio leche caliente. Y, ¡maravilla de las maravillas!, al cabo de dos semanas, la marmota estaba ya completamente bien.

Por las noches la marmota dormía a los pies de la cama de paja de Raimi. Por las mañanas Raimi se llevaba a la marmota cuando iba con el rebaño. Allí, en el pasto, la marmota jugaba revolcándose sobre la hierba.

Raimi le daba toda la leche que quería, un poco de pan y granos de trigo blanco. Un domingo le dio un poquito de pastel de pasas.

Cuando llegó el otoño, la marmota había crecido ya mucho y era muy lista. Se paseaba por la casa mordisqueando las patas de las sillas y mesas. Hacía agujeros en las botas del granjero. Incluso se comió los lazos del delantal de la sirvienta.

Un día la marmota hizo un agujero en el edredón de plumas. La esposa del granjero se indignó y dijo:

—Mañana encierras la marmota en la conejera.

Raimi se entristeció. Toda la noche estuvo despierto, pensando. ¿Qué debía hacer? Porque no podía poner la marmota en una jaula de conejos. Finalmente tuvo una idea.

A la mañana siguiente, muy pronto, mucho antes de que los otros se despertaran, Raimi sacó la marmota de la casa. Trepó al prado donde pacían las ovejas. El paisaje estaba iluminado por una luz gris pálida a aquellas horas de la mañana.

Después subió más arriba. En la rocosa ladera de la montaña encontró una cueva vacía. Allí su marmota estaría a salvo de las marmotas salvajes.

Raimi dejó en libertad a su marmota. Esta entró en la cueva y comenzó a escarbar y escarbar cada vez más hondo. Pronto desapareció de su vista. Raimi regresó a casa muy triste.

Al día siguiente Raimi fue a la cueva. Llamó a su marmota. Pero ésta ya se había vuelto vergonzosa y vigilante. No dejó que Raimi se le acercara.

No mucho más tarde, las marmotas hicieron un túnel profundo, bajo tierra, para su larga siesta invernal.

Hasta finales de abril no salieron de sus cuevas. Como no podía acercarse a ellas, Raimi no pudo saber si su marmota estaba o no entre ellas. Esto le entristeció.

Un día el guardabosque fue a visitar la granja.

-Raimi. Tengo algo para ti -dijo poniendo un estuche de cuero ya usado sobre la mesa.

Dudando, Raimi cogió el estuche. Al principio no pudo dar crédito a sus ojos.

¡Eran unos prismáticos!

Yo ya no necesito este trasto viejo —dijo el guardabosque-. Tómalos y mira con ellos a tu marmota. Eres un buen muchacho y aprecias a los animales.

Raimi sonrió ampliamente. Estaba tan contento que de momento no sabía qué hacer. Después, corrió todo lo aprisa que pudo, montaña arriba, hasta la ladera rocosa, y esperó. Al rato las marmotas salieron a jugar y a comer. Raimi las miró a través de los prismáticos. Allí, apartada de las demás, estaba su marmota. Aunque, se veía muy poco, Raimi pudo distinguir las cicatrices que las garras del águila habían dejado en la espalda de la marmota.

En aquel momento, ni el hombre más rico del mundo podía ser más feliz que Raimi.

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