El vuelo de Icaro

By on 4-24-2014 in 2 - Cuentos y Fábulas, Mitos y leyendas

por Sally Benson

Hace mucho tiempo vivía en Grecia un famoso inventor. Su nombre era Dédalo. En cierta ocasión, se hallaba visitando con su hijo la isla de Creta, pero el rey Minos, gobernador de la isla, se enfadó con él, y ordenó que lo encerraran en una torre muy alta frente al mar.

Después de un tiempo, y con ayuda de su hijo Icaro, Dédalo consiguió escapar de la celda donde estaba prisionero; entonces, vio que no podía salir de la isla, pues la guardia del rey vigilaba cuidadosamente todos los barcos que salían hacia otros lugares y era difícil esconderse en alguno de ellos para huir.

Sin embargo, Dédalo no se desanimó por esta dificultad.

—Minos puede dominar el mar y la tierra —se decía—, pero no domina el aire. Probaré este medio.

En su escondite del acantilado habló con Icaro y le dijo que reuniera todas las plumas que pudiera encontrar en la costa rocosa. Como sobre la isla volaban miles de gaviotas, rápidamente logró juntar un enorme montón de plumas desprendidas de las aves. Entonces, Dédalo derritió cera para fabricar un esqueleto en forma de alas de pájaro. Las plumas pequeñas las pegó con cera y las grandes las ató con una cuerda. Icaro jugaba felizmente en la playa mientras su padre trabajaba; perseguía las plumas que el aire se llevaba, y a veces cogía trozos de cera y modelaba variadas figuras con sus dedos.

Era divertido hacer las alas. Las plumas brillaban al sol mientras la brisa las rizaba. Cuando hubo terminado su ingenioso invento, Dédalo se las ató a los hombros y se elevó del suelo aprovechando una ráfaga de viento. Al ver que daba resultado, construyó otro par de alas para su hijo. Eran más pequeñas que las suyas, pero fuertes y muy hermosas.

Finalmente, un día luminoso en que azotaba el viento, Dédalo ató las alas pequeñas a los hombros de Icaro para enseñarle a volar. Le hizo observar los movimientos de los pájaros, cómo volaban y se deslizaban sobre sus cabezas. Le señalaba el gracioso y bonito movimiento de las alas que batían suavemente el aire. Icaro comprendió en seguida que él también podía volar, y subiendo y bajando los brazos se levantó sobre la fina arena de la playa e incluso sobre las olas, dejando que sus pies tocaran la blanca espuma que se formaba al romper el agua contra las afiladas rocas.

Dédalo lo miraba con orgullo, y también con recelo; llamó a Icaro para que volviera a su lado y, poniendo el brazo sobre sus hombros, le dijo:

—Icaro, hijo mío, estamos a punto de emprender nuestro vuelo. Ningún ser humano ha ido antes por el aire, y quiero que oigas atentamente mis instrucciones: vuela a poca altura, pero ten en cuenta que si lo haces muy bajo, la niebla y la humedad mojarán tus alas, y si vuelas muy alto, el calor del sol fundirá la cera con que están formadas. Vuela sin separarte de mí y estarás a salvo.

Sujetó las alas fuertemente a la espalda de su hijo y le dio un beso. Icaro, de pie bajo el sol brillante, con las alas que le caían graciosamente de los hombros, el peló dorado y su mirada húmeda por la emoción, parecía un extraño y hermoso pájaro. Los ojos de Dédalo se llenaron de lágrimas y, dando la vuelta, se lanzó al aire al mismo tiempo que decía a Icaro que le siguiera. De vez en cuando, volvía la cabeza para asegurarse de que el niño estaba bien y sabía agitar las alas. Mientras pasaban sobre la tierra, antes de sobrevolar el mar removido, los campesinos se detenían a mirarlos y los pastores creían que se trataba de dos dioses.

Padre e hijo volaron largo tiempo y dejaron lejos las ciudades de Samos, Délos y Lebintos.

A Icaro, que movía alegremente las alas, le emocionaba la sensación fresca del viento que golpeaba su cara y acariciaba su cuerpo. Volaba cada vez más alto, hasta que llegó a las nubes. Su padre, al

ver que subía demasiado, trató de seguirle, pero su cuerpo era más pesado y no pudo alcanzarle. Icaro penetraba en las blandas nubes y volvía a salir. Le encantaba verse libre en el aire y, batiendo las alas con frenesí, subía más y más.

Pero el sol que le miraba fijamente, reblandecía con sus ardientes rayos la cera de sus alas; las plumas más pequeñas se soltaban y caían balanceándose lentamente, como para avisar a ícaro de que detuviera su loca subida. Sin embargo, Icaro seguía entusiasmado su vuelo; cuando se dio cuenta del peligro que le acechaba, el sol había calentado tanto las alas que las plumas más grandes también comenzaron a caer y él empezó a bajar como una flecha.

En aquel momento llamó a su padre pidiéndole ayuda, pero su voz se hundía en las aguas azules del mar, que desde entonces lleva su nombre.

Dédalo, lleno de ansiedad, le llamaba:

—¡Icaro, Icaro! ¡Hijo mío! ¿Dónde estás?

Por fin, vio las plumas que flotaban en el cielo y a su hijo que iba a estrellarse contra el mar. Dédalo se apresuró a salvarle, pero ya era tarde. Recogió al niño en sus brazos y fue volando hacia tierra, rozando con la punta de las alas el agua, por el doble peso que llevaban. Llorando desconsoladamente, enterró a su hijo y dio el nombre de Icaria a aquella tierra en recuerdo suyo.

Después, con ágil vuelo se lanzó otra vez al aire, pero sin el contento anterior; esta vez, su victoria sobre el aire era triste. Llegó sano y salvo a Sicilia, donde construyó un templo a Apolo y colgó en él sus alas como ofrenda.

 

 

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